Novelas, cuentos, distopía

 
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Los dos hermanos

© Juan Bosco Castilla

 

            Había una vez, en un pueblo de Los Pedroches, un hombre viudo, jornalero de lo que saliese, que estando en el lecho de muerte llamó a su hijo mayor y le dijo:
            – Hijo mío, yo hice para tenerte a ti lo mismo que para tener a tu hermano y, sin embargo, tú saliste a mi familia y él salió a la familia de tu madre. Me hubiera gustado tener dos hijos discretos y, si de mí hubiera dependido, dos hijos discretos hubiera tenido, pero no dependía de mí: Dios, que hizo el mundo y trae a él a sus criaturas, sabrá lo que hace con su infinita sabiduría, por más que yo no lo entienda. He pasado la vida preocupado por la situación en que quedaría tu hermano cuando yo muriera. Bien, ya me muero, y ahora sé que todo mi mal vivir no ha servido de nada, pues me hallo a las puertas de la muerte con las mismas soluciones que si no me hubiera preocupado.
            “Escucha, hijo, he vivido compadeciéndome de tu hermano porque era de pocas entendederas, sin darme cuenta de que, precisamente por ese natural tan simple, era más feliz que quienes presumimos de discretos. Tú eres como yo, discreto e infeliz, y por eso me pesa más el echarte a la espalda esta carga. Hijo, aunque sé que no hace falta, prométeme que cuidarás de tu hermano. Prométemelo y me moriré tranquilo. Prométemelo y todo mi mal vivir habrá valido la pena”.
            El hijo le cogió la mano al padre y, soltando una gruesa lágrima, se lo prometió de corazón.
            – Ten cuidado de él, pero no sufras por él: los que no se hacen preguntas son tan felices como los que se hacen preguntas y hallan algún tipo de respuesta –dijo el padre–. Tú y yo no somos ni de unos ni de otros. Procura no martirizarte demasiado, pues nada es tan importante como nos creemos: sólo la vida es para toda la vida.
            El padre murió poco antes del anochecer de aquel mismo día.
            Manuel, el hijo discreto, a pesar de su juventud, se hizo cargo de su destino y del destino de Nicolás, su único hermano. Durante años, los dos trabajaron juntos de jornaleros (hacían una pareja extraordinaria: Manuel era habilidoso y listo; Nicolás, fuerte y disciplinado), pues no tenían más capital que sus brazos y una pequeña casa con dos habitaciones, una cocinilla y un patio empedrado donde se retorcía una parra y anidaba una pareja de vencejos. Luego, hicieron una gran fortuna de una forma tan extraordinaria que resultaría increíble de no ser porque quienes cuentan el suceso son gentes serias, nada dadas a la exageración y mucho menos a la mentira, que juran poco y no buscan excusas o artificios para incumplir una palabra dada cuando la suerte les es adversa.
            Ocurrió que los dos hermanos fueron a visitar a la novia de Manuel, que se hallaba con su familia en un cortijo de la sierra, a tanta distancia del pueblo que yendo a pie, como fueron ellos, sólo se llegaba antes del anochecer si se había salido al alba y se había llevado buen paso. Durante el largo camino, Manuel fue instruyendo a su hermano en los modales de las casas donde había alguna mujer. “Si nos ponen peces o bacalao, no tires las raspas al suelo, a no ser que lo haga alguno de ellos o haya un gato que se las coma”, le dijo. “No se te ocurra escupir o eructar o anunciar una cagada o una meada: lo que tengas que hacer, por natural que te parezca, lo haces a escondidas, como si fuera ilegal o pecaminoso”. “Aunque son casi tan pobres como nosotros, quizá comamos cada uno en un plato, por eso de halagarnos. Si te parece poco, no comas más, salvo que te inviten a ello. Si no te gusta, cómete lo que puedas y luego di que estás harto”. “Si comemos todos en la sartén o en la olla, ten mesura, que manifestar hambre está mal visto incluso entre los pobres y, además, puedes dejarlos sin comer a ellos”.
            Nicolás a todo decía que sí, pero a cada rato hacía una pregunta que delataba lo profundo de su ignorancia. “Y si no son raspas, sino huesos, ¿qué hago?, porque los gatos no roen, que los que roen son los perros”, por ejemplo. Manuel se esforzaba en manifestar comprensión. “Tú haz lo que hagan ellos. O, aún mejor, tú haz lo que haga yo. Si tiro los huesos al suelo, tú los tiras al suelo; si los tiro a la candela, tú los tiras a la candela, y si los tiro por la puerta del cortijo porque no dejan entrar a los perros, tú haces lo mismo y procuras atinar en el hueco de la puerta”.
            Pero por más explicaciones que le daba, Manuel no las tenía todas consigo, sobre todo porque, por pobre y por tonto, Nicolás era incapaz de frenar su afán de seguir comiendo. “Escucha bien lo que te digo: cuando yo te pise, dejas de comer, aunque a ti te parezca que te quedas con hambre. No me vayas a dejar mal, que somos bastante pobres y un punto desastrados, y a los hombres como nosotros, por guapos y trabajadores que sean, les cuesta mucho enamorar a una mujer”, le dijo cuando ya tenían el pequeño cortijo a la vista.
            Quienes cuentan esta historia no detallan cómo fueron recibidos los hermanos ni qué fue de los novios, quizá porque nada hubo digno de ser recordado, sobre todo en comparación con el resto de la historia. Sí cuentan que cenaron gachas, y que, aunque la familia de la novia tenía por costumbre cenar en la misma olla donde se hacían, más para que no tropezaran las cucharas que por halagarlos, vertieron la masa en la fuente en que solían rebanarse las migas, que tenían más anchuras, y de allí fueron todos cogiendo cucharadas mientras hablaban y reían y se pasaba entre los hombres una bota con vino de Villaviciosa.
            Dicen, que a poco de iniciada la comida, pisó a Nicolás un gato grande y lustroso que se estaba refregando por las piernas de los comensales con el rabo levantado. El mozo estaba tan embebido en la comida que lo creyó un aviso de su hermano: aunque a él se le antojaba que había comido poco, las gachas estaban tan buenas, con su punto de agua y harina y su poquita leche de oveja, y aun con algunos tostones repartidos por la blanda superficie, que seguramente había comido mucho sin darse cuenta y ya estaba faltando a las mínimas normas de urbanidad.
            – ¿Por qué no comes? –le preguntó el ama de la casa, que era quien había hecho las gachas.
            – Porque estoy hartito –contestó Nicolás.
            – ¿No será que no te gustan?
            – No, señora, están buenísimas. Es que estoy empachado de un hartón de ajo blanco y no le quiero dar al estómago más trabajo del que puede sobrellevar.
            Nicolás miró a su hermano y encontró un rictus de sorpresa que creyó de beneplácito y de orgullo.
            Acabaron de comer y, aunque los demás se hartaron, sobraron gachas, y no pocas.
            – ¡Qué lástima de gachas, con lo buenas que están! –exclamó el ama de la casa, tan saciada como los demás.
            Si hubieran sobrado menos o hubieran estado grumosas o pasadas de sal o aguadas, se las hubiera dejado a los gatos, pero dejárselas así era hacerle un feo al destino, que con tanta comida los estaba premiando, y quizá fuera hasta pecado. Por eso el ama tapó el plato con un trapo y lo dejó en un hueco que había sobre la cantarera mientras decía: “Mañana, si Dios quiere, daremos buena cuenta de ellas”.
            Charlaron durante un rato y luego se fueron a dormir. A Manuel, por ser novio de una de las dos hijas de la familia, lo acomodaron en el suelo de un cuartucho lleno de cachivaches y útiles de labranza. Nicolás debió dormir en el pajar, sobre unos costales, a unos pocos metros de la cuadra donde estaban amarrados los dos mulos de la yunta.
            Nicolás aguantó el hambre con la esperanza de hartarse de gachas al otro día. Pero a eso de la medianoche, cuando en el cortijo no había más ruido que la respiración de los mulos, echó cuentas de lo largas que se hacen las vigilias con el estómago vacío y se acordó del consejo de su hermano (lo que tengas que hacer, por natural que te parezca, lo haces a escondidas, como si fuera ilegal o pecaminoso). “Lleva razón mi hermano: si no como demasiadas y nadie me ve, todos amaneceremos contentos”, se dijo. El hambre y la impunidad fueron, pues, excusas bastantes para la falta. De manera que salió del pajar y a tientas, pues no había más luz que los pocos rayos de luna que entraban por la pequeña ventana del cortijo y por la chimenea, llegó hasta la cantarera y cogió el plato de las gachas. Como no tenía cuchara ni se atrevía a buscarla sin armar un ruido que lo delatara, se sentó en el suelo y con el plato en el regazo se puso a comer gachas a puñados. Primero, con mesura; luego, conforme fue cogiéndole gusto a la impunidad, con ansia, como si aquella fuera la última vez que iba a comer en la vida, y como con el ansia llevaba más aire que gachas al estómago, a cada dos o tres puñados debía soltar un eructo que por no estar acostumbrado a guardar modales en soledad no procuraba silenciar. Tanta fue, en fin, la escandalera, que se despertó el ama. Cuando Nicolás oyó chirriar los oxidados hierros del jergón donde dormía el matrimonio, cesó de comer y eructó sin ruido. Pero ya era tarde. Entre trompicones y ayes salió el ama de la habitación, medio aturdida todavía, sin saber a ciencia cierta si la habían despertado ruidos de verdad o los desastres de una pesadilla, o si habían sido las urgencias de la vejiga llena. “¿Quién anda ahí?”, preguntó sin convicción. Nicolás, que por estar más acostumbrado a la oscuridad la veía como un bulto a unos pocos metros de él, estuvo a punto de contestar, y si no lo hizo no fue por esa malvada inteligencia que se atribuye a los delincuentes, sino por el instinto animal de guardar sigilo ante el predador. “¿Quién anda ahí?”, volvió a preguntar el ama, y echó a andar hacia la cocina mientras maldecía a los gatos.
            Nicolás aprovechó que el ama se alejaba para dejar las gachas en su sitio y meterse en el cuartucho donde dormía su hermano.
            – Oye, Manuel, shisss, calla, mira que tengo las manos llenas de gachas y está la madre de tu novia ahí fuera. ¿Qué hago? –dijo.
            Manuel tardó unos segundos en hacerse una idea de lo que estaba pasando.
            – ¿Pero por qué no te comiste las gachas durante la cena? –le dijo finalmente, aguantándose la voz.
            – Porque me pisaste.
            – Yo no fui. Sería alguno de los comensales sin querer o el gato. ¿No veías los gestos que te hacía para que siguieras comiendo? Anda, asómate a ver si se ha acostado ya mi suegra, que me vas a buscar una ruina.
            Nicolás asomó la cabeza por el entreabierto de la puerta durante unos segundos y escuchó atentamente.
            – Ya no hay nadie –dijo luego.
            – Ve a lavarte las manos.
            – ¿Dónde está la jofaina?
            – En la habitación de mis suegros. Pero han dejado los cántaros al raso para que se refresque el agua. Están en el corral, junto a la puerta.
Nicolás salió del cuartucho dejando a Manuel preocupado y sin sueño. Al cabo de un rato, Manuel oyó que siseaban.
            – No te asustes, que soy yo –dijo Nicolás cuando Manuel abrió la puerta–. Es que se me han quedado las manos metidas en un cántaro.
            – ¿Qué? –Manuel sintió en sus piernas la fresca dureza del cántaro que traía colgando su hermano.
            – Que por no derramar el agua he ido a meter las manos en el cántaro y ahora no las puedo sacar.
            – Mal está que seas tan guarro. Pero mucho peor es que seas tan tonto: ¿no has podido meter una mano y sacarla antes de meter la otra?
            – Si lo hubiera sabido, así lo hubiera hecho. Yo sólo quería refregarme una mano con la otra, como hago cuando me las lavo en la jofaina.
            – Anda, anda, ve al corral y rompe el cántaro contra una piedra. Ya encontraremos una explicación. Y no hagas ninguna barbaridad    más, que me vas a buscar un extravío.
            Nicolás, abierto de piernas y aguantándose el dolor de espaldas, salió como pudo al corral. Ahora a ver dónde había una piedra donde estrellar el cántaro, se dijo. Podía estrellarlo contra el suelo, pero si lo estrellaba contra el suelo no lo estrellaba contra una piedra, y su hermano le había dicho que debía estrellarlo contra una piedra. Si no lo estrellaba contra una piedra, igual le buscaba a su hermano un extravío. “¡Hombre, ahí hay una, y bien grande que es!”, musitó ante lo que creyó era una piedra encalada que se había caído de la albardilla de la tapia, contento de dar cumplido fin al incidente.
            No sabía que aquella figura quieta era la futura suegra de su hermano, agachada y en camisón de dormir, que amparada en la intimidad de la noche vaciaba descuidadamente la vejiga. Ni lo supo cuando, tras estrellar el cántaro y sentir tan escasa oposición a su violencia, oyó unos quejidos que no eran de dolor, sino de agonía, como si la piedra se hubiera convertido en uno de esos seres infernales de las tinieblas que espían el sueño de los humanos. Nicolás se quedó parado con el cántaro aún colgando entero de sus brazos, sin saber si alejarse o acercarse o quizá paralizado por el miedo.
            – ¡Dios mío, que me matan! ¡Socorro, socorro, un monstruo, un demonio! –gritó de pronto la figura blanca tendida en el suelo, tapada por la sombra de la tapia de los mortecinos rayos de la luna. 
            Nicolás, que había reconocido en aquellos gritos la inconfundible voz del ama de la casa, echó a correr con las piernas abiertas, golpeándose con el cántaro en las rodillas. Así hubiera entrado en el cortijo, y así hubiera huido, pues ya se creía preso de aquella carga para siempre, de no ser porque al salir del corral tropezó en el marco de la puerta y cayó al suelo de espaldas, dándose de lleno con la panza del cántaro en los compañones pero dando el culo del cántaro en la losa de granito que flanqueaba al batiente, de suerte que aunque sintió un dolor agudísimo, sintió también el alivio de verse por fin con las manos libres, sentimientos cruzados que en cualquier caso oscureció la zozobra de la huida.
            A todo esto, el ama seguía dando alaridos y en el cortijo se había despertado el personal y reinaba un desconcierto de gallinero asaltado por una zorra. Con dos o tres cuerpos chocó Manuel antes de toparse con el de su hermano.
            – ¿Qué ha pasado? –le preguntó enseguida.
            – Que al ir a romper el cántaro le he roto a tu suegra las costillas, y quizá hasta la crisma. Por mi culpa vas a llevarte una bronca gorda.
            – ¿Bronca? ¿Tú crees que después de lo sucedido podemos quedarnos a que nos riñan? Anda, coge la puerta y vámonos corriendo de aquí antes de que nos maten. Ya tendré ocasión de echarme otra novia, si sobrevivo.
            Salieron del cortijo aprovechándose del tumulto y corrieron campo a través sin mirar atrás, oyéndose uno a otro las pisadas y los jadeos. No habían recorrido demasiado espacio cuando Nicolás empezó a quedarse retrasado.
            – ¿Pero qué te pasa? ¿Por qué no corres? –Le preguntó Manuel, extrañado de la lentitud de su hermano.
            – ¿Qué me pasa? ¿Y tú me lo preguntas? A ver por qué tuviste ese acuerdo. Llévala tú, verás lo que corres –le respondió Nicolás.
Manuel miró atrás y no vio la silueta de su hermano, sino la de una cosa cuadrada con un par de patas.
            – ¿Qué es eso que traes? –dijo tendiendo la mano para tocar lo que fuera.
            – La puerta del cortijo, ¡qué va a ser! ¿No me dijiste que la cogiera? 
            – Pero criatura, era una forma de hablar. Quería decirte que salieras raspahilando.
            – El caso es que me extrañó. Pero no estaba el ambiente para pedir muchas aclaraciones. Saqué la puerta de sus goznes y eché a correr detrás de ti.
            En esto estaban, cuando oyeron ruido de caballerías.
            – Son ellos, y vienen con los mulos –dijo Manuel–. Subámonos a este árbol. Y a ver si podemos subir la puerta, pues si la ven sabrán que no andamos muy lejos. Cuando se vayan, dejamos la puerta arriba y cogemos el camino contrario al que tomen ellos.
            Entre su fuerza, que no era poca, y la inmensa ayuda que les prestó el miedo, subieron la puerta al árbol, si bien acabaron desollados y llenos de mataduras. Ya encaramados en una rama, oyeron enseguida voces desconocidas de varios hombres que se habían parado a hablar casi debajo del árbol.
            – No vienen lejos, lo sé. Y las huellas que vamos dejando son abundantes y claras. Si seguimos juntos, mañana o, a mucho tardar, pasado, estaremos presos –dijo uno de ellos.
            Manuel acercó la boca a la oreja de su hermano y, tras pedirle silencio con un suave siseo, le dijo muy quedo: “Es una cuadrilla de ladrones. Si nos descubren, nos matan, seguro. No te muevas ni hagas ruido”.
            Entre los ladrones, había varios que hacían preguntas y uno solo que respondía a todas ellas.
            – ¿Y qué propones que hagamos? –preguntó otro.
            – Separarnos y que cada uno se busque la vida como pueda.
        – ¿Y quién se lleva los cuartos?
            – Eso, ¿quién se lleva los cuartos?
            – Ahora mismo los repartimos. Ahí, entre ese árbol y esas matas podemos encender el carburo sin llamar la atención. Bajad de los caballos y sacad todo el botín.
            Eran por lo menos siete: una numerosa cuadrilla que debía de haber robado mucho, durante mucho tiempo y en un área grande.
            – Lo que es la suerte, hermano: con lo grande que es el mundo y la de tiempo que lleva existiendo y mira por dónde estos ladrones han ido a detenerse justo ahora debajo de este árbol, como si no hubiera otros momentos para pasar por aquí u otros árboles bajo los que guarecerse –le dijo Manuel a su hermano aprovechando el ruido que hacían los ladrones mientras se bajaban de los caballos.
            – Pues a mí se me cae la puerta –le contestó Nicolás.
            – Aguanta, por Dios santo. Aguanta o somos hombres muertos.
            Los ladrones ataron los caballos a una retama y, sentados en el suelo, hicieron un corrillo alrededor del carburo, bajo el árbol donde estaban escondidos los hermanos. El que parecía el cabecilla abrió una de las dos talegas que había dejado junto al carburo y dijo:
            – Primero, los cuartos que son más fáciles de repartir. Luego, las joyas, y como no entendemos ni tenemos tiempo para discutir, cada uno irá metiendo la mano en la talega y sacando una pieza. Daremos tantas vueltas como sea necesario. A ver, Tomás, tú que eres más diestro en eso de los números, haz siete montones iguales con los cuartos.
            – Si te da lo mismo, prefiero que lo haga otro: eso de repartir lo que no es mío me da muy mala espina.
            – ¡A buenas horas se arrepiente el ladrón!
            – Ya sabes que soy muy supersticioso: que lo haga uno al que no le dé repelús. 
            – Si te da repelús repartir, más repelús te dará hacer trampas: por eso eres más de fiar, quizá el único de entre nosotros. Reparte ahora o te quedas sin tus cuartos. Reparte, que no te va a fulminar un rayo ni van a llover chuzos de punta como castigo.
            – Está bien, repartiré, pero que conste que tengo el ánimo lleno de malos presagios.
            – Que conste –dijo el cabecilla–. Reparte ya, que estamos ansiosos de vernos con lo que nos corresponde.
            La casualidad, y no las pasiones o las guerras, es la mayor fabricante de historias. Y a la casualidad estamos expuestos todos, los pobres y los ricos, los honrados y los ladrones, los tontos y los discretos. Quiso la casualidad que Manuel se echara una novia que vivía en un cortijo de la sierra, que su hermano (algo torpe, por un casual), tras confundir la pisada de un inocente gato con una advertencia, fuera al corral a romper el cántaro contra una piedra precisamente cuando el ama de la casa se hallaba en camisón vaciando la vejiga, que huyendo de una venganza comprensible hubieran llegado, de entre los numerosos árboles de aquel monte, a aquel árbol justo en el momento en que pasaba por allí una cuadrilla de ladrones que, para más inri, tras meses o quizá años de fechorías, aquella noche se hallaban tan acosados que decidieron apearse de los caballos y repartirse el botín sin más dilación.
            Aun así, estamos tan hechos a la casualidad que esta historia no llamaría la atención si tuviera aquí su final. De hecho, si es recordada y contada de padres a hijos es porque quiso la casualidad que, de entre todos los momentos posibles, la puerta que los dos hermanos habían subido al árbol se cayera justo en aquel momento, ni antes ni después, y que cayera casi a plano, hiriendo a varios ladrones pero sobre todo al que tras coger de la talega el primer fajo de billetes se disponía a repartirlos, el mismo que había vaticinado para sí una desgracia.
            Ni que decir tiene que los ladrones salieron huyendo, espantados más de una venganza divina que de un mal humano. En el suelo quedaron las talegas y el ladrón agorero, que no dejaba de lanzar improperios contra su suerte. Aun espantado y malherido, o quizá por eso, todavía tuvo arrestos para embestir a Nicolás cuando éste se bajó del árbol, y eso que lo creía caído del cielo. Nicolás lo esquivó y le pegó un puñetazo en la quijada que le partió la lengua, casualmente encajonada entre los dientes para emitir un grito.
            “A peazos, a peazos”, dicen que gritaba el ladrón monte abajo, aunque quería decir “esperaos, esperaos”, que fue entendido por sus compañeros de cuadrilla como que el cielo se estaba cayendo a pedazos sobres sus cabezas en castigo por sus múltiples fechorías.
            La historia dice que Manuel y Nicolás volvieron ricos a su casa y se olvida de lo que fue de ellos después. No es difícil conjeturar, sin embargo, un matrimonio feliz para Manuel con la que había sido su novia o con otra muchacha de su pueblo. Incluso no resulta descabellado pensar en un matrimonio feliz para Nicolás. La vida debió de darles a ambos algunos hijos, muchos años y una muerte dulce.