Novelas, cuentos, distopía

 
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El cielo de los simples

© Juan Bosco Castilla

 

            Una vez, hace mucho tiempo, vivió en Los Pedroches un hombre de convicciones sencillas, terco y bueno, que mantenía a su familia con una huerta de poco más de celemín y medio, la leche que le daban tres vacas y el aceite que producían cuarenta y siete olivos. Cierto día, por un descuido de esos que puede tener cualquiera, Pedro –pues ése era su nombre– dejó abierta la puerta que separaba el pequeño toril donde las vacas estiraban las patas y la cerquilla de los olivos, con la consecuencia inmediata de que las vacas entraron en la cerquilla y empezaron a comerse las hojas de los olivos. Pedro, que estaba cavando de espaldas a la cerquilla un par de surcos de ajos, reparó de pronto en lo próximo que estaba el sonido de un cencerro y se volvió. La imagen de una de las vacas levantando la cabeza y tirando de la rama baja de un olivo le produjo uno de esos sobresaltos que enloquecen temporalmente a las personas. Enseguida, levantó el escardillo y gritó como si le fuera en ello la vida mientras echaba a correr hacia la puerta. La vaca, ante la desmesura de los ruidos y los aspavientos que se le acercaban, giró en redondo su voluminoso y anquilosado cuerpo, con tan mala fortuna que la correa del cencerro se quedó trabada en una horquilla del árbol y se rompió. En los atolondrados ires y venires posteriores, la vaca pisó el cencerro con su pezuña y lo dejó semienterrado en la blanda tierra, húmeda y recién arada.
            Asustado por el daño que las vacas podían haber hecho en los olivos, Pedro no tuvo cabeza para reparar en la pérdida del cencerro sino hasta varios días después, y cuando lo hizo, no supo discernir el tiempo que llevaba sin oírlo. Sin demasiada preocupación, lo buscó en la pequeña enramada donde vivían los animales y en la cerquilla donde estiraban las patas. “Pues tiene que estar o en un sitio o en otro”, se dijo al no obtener el resultado que esperaba, y volvió a buscarlo más concienzudamente donde lo había buscado antes, sin vacas que lo estorbaran, removiendo la paja y el estiércol, metiendo la mano en el pesebre y apartando los trastos viejos que se pudrían apilados en los rincones, fuera del alcance de los animales, guardados en aplicación del principio familiar lo que hoy parece inútil puede servir mañana, cuando apriete la necesidad. Como después del trabajo de varias horas tampoco lo encontró, se paró a meditar sobre esa extraña sensación que embarga a los humanos cuando lo creíble se hace increíble, cuando lo evidente se vuelve imposible y misterioso.
            – Se ha perdido el cencerro de la vaca –le dijo a su mujer, con el mismo desvarío que le hubiera dicho esta tarde me ha hablado una castaña.
            – Pues búscalo, que no puede estar muy lejos.
            – Lo he buscado en la enramada y en la cerquilla y no lo he encontrado.
            – Entonces es que no lo has buscado bien. Que yo sepa, los cencerros no tienen patas.
            Los cencerros no tienen patas: justo lo que había pensado él. Y eso era lo que le daba cierto aire mágico al asunto. A veces ocurre que perdemos algo en una habitación cerrada y casi vacía y por mucho que lo buscamos no somos capaces de encontrarlo. Aunque sabemos que a la fuerza tiene que estar ahí, después de mirar y remirar en los mismos escondrijos llegamos a la conclusión imposible de que no está y de que, probablemente, no estuvo nunca. Luego, al cabo de un tiempo que pueden ser días o meses, aparece por casualidad en esa habitación y en un lugar en el que estamos seguros de haber mirado antes, como si alguno de esos traviesos seres de lo desconocido, cansado por fin de jugar con nosotros, hubiera dejado ver lo que hasta entonces nos había sido vedado. Claro, que para eso hemos debido dejar de buscar, y Pedro buscó en los mismos sitios una y otra vez, un día y otro, con esa perseverancia sin pausa que rastrean los ríos en el fondo de su propio cauce.
            No descansaba ni dormido. Cuando se acostaba, al cerrar los ojos veía las imágenes repetidas de los escondrijos vacíos, y cuando vencido por el cansancio se hundía en las profundidades del sueño, soñaba que buscaba el cencerro entre suelos que se hundían, paredes que engordaban y adelgazaban como globos y pesebres con agujeros diminutos que empezaban engullendo a las vacas y acababan tragándose a la enramada. A veces soñaba que encontraba el cencerro en sitios tan inverosímiles como dentro de la oreja de una vaca, en un zapato que le molestaba al andar o ensartado en una ristra de ajos. Entonces sentía un alivio inmenso, que en el mismo sueño comparaba con el de una parida después de arrojar al mundo a la criatura que ha llevado dentro. Era sólo un instante, sin embargo, pues enseguida le salían alas al cencerro y echaba a volar hacia el horizonte perseguido por las voces desesperadas de Pedro, que en ese momento despertaba en un mar de sudor y sin aire bastante en el mundo para el que necesitaban sus pulmones.
            –  Si los cencerros no tienen patas, mucho menos tendrán alas –le dijo su mujer cuando se enteró de los sueños de su marido.
            – Puestos a soñar tonterías, tan tontería son las patas como las alas –le contestó Pedro–. Pero yo en sueños no soy el mismo que soy ahora ni tengo el mismo conocimiento.
            – Pues ten conocimiento bastante en la vigilia para dejar de buscar el dichoso cencerro, que nosotros igual de pobres vamos a ser con cencerro que sin cencerro.
            – Eso es muy fácil de decir y hasta de pensar, pero yo no puedo ir contra lo que es superior a mí. También quiero dejar de fumar y tarde o temprano acabo llevándome un cigarro a la boca.
            Una noche, Pedro soñó con el sonido del cencerro y al despertar recordó que no lo oía desde que las vacas pasaron a la cerca de los olivos.
            – Ya sé dónde está el cencerro –le dijo a su mujer, que lo descubrió poniéndose los pantalones a la tenue luz de un candil.
            – Espérate a que amanezca. ¡Qué prisa hay! –le contestó la mujer.
            – Ninguna. Y no me digas que no se va a ir porque no tiene ni patas ni alas. Es que con este comecome un minuto más se me haría tan largo como una pena de presidio.
            – Bueno, haz lo que quieras, que después de todo eso es lo que has hecho siempre.
            Era de noche todavía cuando Pedro llegó a su huerta. Aunque no había luna y no podía verse ni los pies, tantas eran sus urgencias que no quiso aguardar la llegada del alba y se puso de inmediato a buscarlo tanteando a hecho en el suelo con un palo, con la sistemática de un ciego en una casa que conoce palmo a palmo. Así lo cogieron las primeras luces del día, y así, ya sin palo, la mirada perdida en sus adentros más que sobre la basta piel del suelo, lo pilló el sol del mediodía, y así lo hubiera pillado la noche de no ser porque, estando bien avanzada la tarde, la madre mandó a sus dos hijos a por él con el argumento, según les confesó a ellos, de que, mientras sus amigotes estaban atiborrándose de vino de Villaviciosa en las tabernas, aquel pobre infeliz que tenían por padre era capaz de andar todavía buscando un cencerro de chichinabo que no valía más de cinco minutos del pensamiento de un hombre en sus cabales.
            – Por el camino de vuelta me ha cegado la luz de una razón y he sentido miedo, como si al saltar una mata me hubiera encontrado de repente con un pozo sin brocal que amenazaba con tragarme –le dijo a su mujer.
            – Esa es la puerta de la locura –le contestó ella–. Si la atraviesas, estás perdido y, contigo, estamos perdidos todos. Aunque sólo sea por el bien de tu familia, abandona de una vez esa obsesión.
            Pedro pasó unos días mejor, ocupado en sus pequeños quehaceres y en sus preocupaciones controlables, y su mujer creyó sinceramente que había vuelto a ser el de antes. Pero, como ocurre en los combates a muerte, aquel alto no fue sino una de esas treguas que se dan los contrincantes para armarse y curar sus heridas. Y lo cierto es que en poco más de una semana estaba de nuevo despertándose por las noches medio ahogado y llegando tarde a su casa.
            – Has  vuelto con el asunto del cencerro, como si lo viera –le dijo su mujer–. Pues que sepas que si te vuelves loco te llevamos al manicomio y nos olvidamos de ti, que tú solito te lo estás buscando.
            – Si el cencerro no está, es porque me lo han robado, que los cencerros no tienen patas ni alas para irse solos por ahí –respondió Pedro.
            A la mujer le dieron ganas de no seguirle la corriente, de dejarlo por imposible y concienciarse de que debía vivir el resto de su vida con un loco, pero le contestó.
            – ¿Y quién va a querer un cencerro viejo? –dijo.
            – Alguien que no tiene ninguno. O mejor, alguien que me quiere mal y sabe lo mucho que me haría sufrir quitándomelo.
            – ¡Pero si tú, por no tener, no tienes ni enemigos!
            – Los enemigos invisibles son los peores. Atacan en cualquier momento y sus acciones permanecen siempre impunes, porque los ofendidos las confunden con la mala suerte.
            – ¿Y qué les has hecho tú a esos seres tan miserables para que te odien de esa manera?
            – No sé. Quizá que, aunque pobre, era feliz. A los malos les molesta mucho la felicidad de los que son más pobres que ellos.  
            Pedro puso una denuncia en el Ayuntamiento. “Alguien me ha robado el cencerro de mi vaca y ahora tengo que trabajar sin más ruido que el de mis pensamientos”, redactó el secretario con bastante sorna, recogiendo la literalidad de la queja. A Pedro le pareció bien el escrito y, como no sabía firmar, estampó con tinta su huella dactilar debajo de la rumbosa caligrafía del secretario.
– Ea, ahora a esperar –le dijo éste.
            – A esperar cuánto –preguntó él.
            – A esperar lo que haga falta. Tenga usted en cuenta que al haber tanto vecino deseando tener ese cencerro es sospechoso prácticamente todo el pueblo. De todas formas, si me diera alguna pista, quizá acabaríamos antes. Por ejemplo, dígame cómo suena.
            Pedro hizo memoria , tragó saliva y pegando la barbilla al pecho dijo:
            – Dolooooónnn...., dolooooónnn..., dolooooónnn...
            “El secretario se ha reído de ti, y no lo culpo, porque con esas tonterías eres el hazmerreír de quienes te conocen y vas camino de ser el reidero de todo el pueblo”, le dijo su mujer cuando oyó lo acaecido en el Ayuntamiento. Pero Pedro, que siempre había tenido a las mujeres por seres desconfiados en exceso, no creyó tener motivos para dudar de la voluntad de un hombre estudiado, que vestía traje de chaqueta y hablaba como hablan los de Madrid.
            – Le ha parecido bien y no se ha reído nada –dijo.  
            – Porque los que tienen estudios se ríen para dentro. Es una cuestión de modales, ¿entiendes?
            ¡Para dentro! ¡Cómo podía nadie reírse para dentro! ¡Qué acuerdos tienen las mujeres! Si reírse para dentro es imposible, como pudo comprobar por sí mismo después de intentarlo muchas veces donde le vino a la memoria la regañina de su mujer: por mucho que quiso reírse para dentro, siempre le salió una carcajada.
            Aun así, al cabo de varios días, como no recibía noticias de la denuncia, se presentó en el Ayuntamiento. Llevaba el ánimo cargado de violencia, tenía presente las palabras de su mujer y sólo estaba dispuesto a entender aquello que le interesara.
            –  El pregonero ha voceado el sonido del cencerro por todo el pueblo, pero nadie ha declarado oírlo. Para mí que ha sido gente de fuera –le contestó el secretario.
            El argumento dejó a Pedro desarmado.
            – Han sido forasteros –le dijo a su mujer– Y ahora a saber dónde está el cencerro.
            – Ea, bendito sea Dios. Por lo menos ya no tendrás un motivo para buscarlo.
            Pedro asintió, porque eso mismo era lo que había pensado él. Pero entre la infinidad de pensamientos posteriores que en la soledad de su trabajo tuvo relacionados con el cencerro, uno lo asaltó de pronto con la fuerza de un argumento irrebatible: los forasteros solían ser gente que iban al pueblo a vender alguno de sus productos o a prestar un servicio. Quizá sea un hortelano de Guadalmez, o un tío del queso, o un afilador ambulante, se dijo. Si era así, y así debía de ser, el ladrón volvería al pueblo empujado por el oficio. Entonces era el momento de pillarlo.
            No esperó al día siguiente. Dejó el escardillo allí mismo y se fue al pueblo como estaba, con el raído sombrero de paja en su cabeza, la camisa fuera y las botas y la ropa de faena manchadas de un lodo de tierra y de estiércol.
              Cuando a mediodía llegó a su casa, su mujer, que se había enterado por una vecina de las trazas con que su marido había deambulado por las calles más populosas del centro, lo estaba esperando sofocada y a punto de echarse a llorar.
            – Dirán que no tienes mujer –le dijo–. Dirán que tu mujer es una tía guarra y una perra que no sabe tenerte como hay que tenerte. Pues que sepas que estoy hartita y que ya no puedo más. Que sepas que me voy a poner mala, y a ver quién os apaña a ti y a tus hijos cuando yo falte. Aunque a ti qué te importa eso. Si a ti lo único que te importa es ese maldito cencerro. Porque has vuelto al asunto del cencerro, como si lo viera, ¿a que sí?
            – Es que he encontrado una forma de pillar al ladrón.
            – Lo sabía. Bien sabe Dios que lo sabía.
            Pedro cogió los brazos de su mujer en actitud cariñosa y dijo: “¿Quieres escuchar lo que voy a decirte?” Y a continuación, y aunque ella parecía no atender, le explicó la idea que se le había ocurrido mientras cambiaba el rumbo del agua en los surcos de lechugas.
            – No tengo duda ninguna: ¡estás loco! –le contestó su mujer soltándose de sus manos y abandonándose al llanto–. ¡Pero a ti no se te ha ocurrido pensar que esa gente viene a lomos de una mula y que las mulas no tienen cencerros! –dijo luego en un arrebato de coraje.
            – Claro que sí: estaré obsesionado, lo admito, pero no falto de conocimiento. No tenía pensado cogerlos con el cencerro en la mano, sino por la mirada y por los nervios: hay miradas que delatan y delincuentes que se ponen nerviosos cuando se enfrentan cara a cara con el ofendido.
            – ¿Tú crees que le remuerde la conciencia a alguien por robar un cencerro viejo? Para llevarse el cencerro de tu vaca no hace falta ánimo de robar, sino ganas de hacer la puñeta. Y no va a querer hacerte la puñeta un forastero, que no sabe cómo eres ni tiene por qué coger un camino que sólo lleva a fincas de particulares.
            – ¿Quieres decirme con eso que han sido los vecinos?
            – No, que con esa cabeza tuya eres capaz de inventar una nueva locura. Quiero decirte que dejes en paz a los forasteros, y a los vecinos, y hasta a la tierra de la huerta, que estará fatigada de soportar las caminatas que te das buscando de un lado a otro algo que ya no existe.
            – No existe, no existe. Eso es muy fácil de decir, pero va contra la lógica, porque lo que existe no puede dejar de existir sin más ni más.
            – Bueno, pues te lo ha robado alguien que te conoce por el gusto de hacerte la puñeta. Si es así, el que sea se estará hartando de reír cuando vea lo que estás sufriendo con la pérdida. Cualquiera en tu lugar hubiera hecho como que no le importaba. Si es verdad que te lo ha robado un enemigo y te importa, mañana te robará otra cosa. Eso lo entienden hasta los niños. ¡Parece mentira que un hombre hecho y derecho no se dé cuenta!
            Aquellas razones conmovieron los cimientos de la obsesión, pero, finalmente, sólo afectaron a la parte de ella que podía verse y palparse. La clave del apaciguamiento fue hacer como que no le importaba, aunque la pérdida del cencerro siguió importándole lo mismo. Su mujer, que descubrió pronto que la locura seguía bullendo bajo la normalidad aparente, optó por conformarse, con la seguridad de que intentar calmar los malos pensamientos escondidos era la mejor forma de hacerlos salir a la luz. De alguna manera descubrió que ella, como todos, convivía  con lo que somos en realidad y con lo que aparentan ser los demás. Poco le importaba que su marido siguiera fatigando el suelo de la huerta y los rincones donde había mirado cien veces, o que se apostara a la salida del pueblo para mirar fijamente a los ojos de los arrieros, de los hortelanos de Guadalmez, de los tíos del queso y a los de cuantos forasteros entraban o salían del pueblo, o que acechara las huertas de los vecinos y escudriñara el aire por si el viento le traía el sonido familiar del cencerro de su vaca. Su marido llegaba a la hora en punto a su casa, no bebía ni se iba con otras mujeres y salía a la calle bastante curioso para lo sucio que era su oficio. ¿Qué más podía pedirse de un hombre en aquellos tiempos?
            Nada. Su marido era un hombre bueno, casi ejemplar. Y varios años después, cuando Pedro se murió de unas fiebres, esa fue la opinión generalizada entre los familiares, amigos y conocidos que acudieron a darle el pésame a su mujer. “Era un hombre bueno”, decían. Nadie echó en falta su simpatía ni su ternura. Sólo echaron en falta su bondad, y quizá por ello su mujer y sus hijos pudieron convivir con su ausencia sin demasiada dificultad mientras lo olvidaban con más rapidez de la esperada.
            A no ser que sean santos, pocos recuerdos dejan los seres buenos, si con ser buenos se conforman. Pedro, que era soso y bueno, fue olvidado pronto por el vecindario. No es su historia la que ha quedado grabada en la memoria colectiva, sino la simpleza de sus hijos. Cuentan que estando uno de ellos en el lecho de muerte, se acordó otro del cencerro que había perdido su padre y que él había encontrado varios años después mientras araba la cerca de los olivos.
            – Si vas al cielo, que no irás, le dices a papá que hemos encontrado el cencerro, que estaba debajo de un olivo –dijo.
            – Sí, hombre, a ver si te crees que yo voy a estar cielo arriba cielo abajo buscando a papá: yo tendré que quedarme donde me pongan –contestó el moribundo.
            De lo que se demuestra que, en su bendita ignorancia, hay quienes tienen al cielo por otra tierra, en poco diferente de ésta.