Novelas, cuentos, distopía

 
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El padre incrédulo

© Juan Bosco Castilla

 
            Algunas veces la impronta que deja un sueño no es inferior a la que deja un suceso inquietante o terrible. Cuando esto sucede, debe entenderse el sueño como si de la realidad se tratase y extraer de él las mismas consecuencias que de lo visto con los ojos y lo tocado con los dedos. Para ilustrar esta aseveración, algunos habitantes de Los Pedroches acuden a una historia que ocurrió en esta comarca hace mucho tiempo. Dicen que un niño que vivía en un pequeño cortijo despertó una mañana con el desconcierto de quien despierta en un sueño. Dicen que, cuando por fin tuvo conciencia de su verdadera vida, buscó a alguien con la premura del que quiere contar una experiencia angustiosa, y que, habiendo ido su madre al pozo a por un cántaro de agua, encontró a su padre reparando los corrales de las ovejas y, con un verbo impropio de su corta edad, le dijo:
            – Padre, he soñado que tomaba el camino de la higuera. Iba solo, como llamado por algo que estaba lejos. Recuerdo que anduve y anduve hasta que llegué a una encina grande. Sin que nadie me lo dijera, yo supe enseguida que ése era mi destino, y que era la voluntad de la encina la que me había llevado allí. Sentí que me pedía que me subiera a ella y me subí sin esfuerzo. Arriba, en su tronco, había un hueco. Miré adentro y vi una orza llena de monedas de oro. Quise traérmela, me supe con fuerzas para ello, aunque su peso debía de ser enorme. Pero alguien, como una voz interior, me hizo desistir con una pregunta: “¿Adónde la llevarás?”. Tenía razón: para traerla hasta aquí debía franquear la barrera de los sueños.
            El padre se quedó atónito, y no tanto por la historia del sueño como por la forma en que su hijo lo había contado: así –pensó él– debían de narrar los niños santos una aparición de la Virgen. Le arremolinó el peló, sonrió y le dijo:
            – Los sueños tienen esas cosas: caminos que tomas sin saber por qué, encinas que hablan, tesoros escondidos...
            – Vamos a ir, papá. Vamos a tomar el camino de la higuera y vamos a andar hasta encontrar esa encina.
– Escucha, hijo: algunas veces vivimos con tanta pasión un sueño que resulta raro que no exista en nuestro mundo. Pero los sueños son imaginaciones de los dormidos, y las imaginaciones, de los dormidos o de los despiertos, no existen más que en nuestra cabeza y sólo durante el tiempo que las estamos pensando. Aunque tu orza existió en el sueño y existe ahora en tu memoria, con ella no puedes comprar pan ni unas botas ni nada, ni puedes cogerla y contar las monedas que contiene. Tu orza con  monedas es como la finca de olivos que yo deseo para nuestra familia: algo que sólo está en mi imaginación y que ni da aceitunas ni puedo vender ni puedo dejarte cuando me muera.
– Pero, papá, ¡era tan real, que las monedas tienen que estar allí!
– Hijo, lo único que dan los sueños, como las imaginaciones de los despiertos, son quebraderos de cabeza. Mi madre decía que esos sueños los fabrica el demonio, que te hace rico dormido para que cuando abras los ojos te sientas más pobre y, quizá, con deseos de poseer lo que no es tuyo.
El niño se calló porque reconocía la autoridad de su padre, pero no se quedó convencido. También el padre se quedó pensando: ¿quién había inspirado a un niño de tan corta edad aquellas palabras de hombre? Quizá fuera un misterio, otro más, relacionado con el mundo de los sueños. Aun así, estaría pendiente de él, pues de todos es bien sabido que lo extraño suele ser anticipo de la desgracia.
No tardó en comprobar el padre hasta qué punto estaba expuesto su hijo al vértigo de la ficción: aquella noche el niño llegó sobresaltado a la cama de sus padres cuando éstos aún dormían.
– Acabo de tener el mismo sueño –les dijo–. He sentido que alguien me llamaba, he andado por el camino y he llegado hasta la encina que guardaba la orza con las monedas de oro. Hoy, además, he oído una voz que me decía: “Dile a tu padre que si no viene él a por las monedas, vendrá otro”.
            El padre le hizo al niño un sitio en medio de la cama.
            – Hijo, nadie puede traer tesoros de los sueños, como nadie puede coger en los espejos las cosas que en ellos se reflejan o convertir en buenos a los personajes malos de los cuentos. Contra los sueños tercos no cabe sino la misma indiferencia que contra los hombres pesados: dejarlos que se cansen, porque en la pelea llevan siempre las de ganar. Anda, duérmete, que estamos nosotros aquí y contra nosotros no se atreverá ese sueño. 
            El niño no tardó en dormirse. Mientras desayunaban, el padre puso a su mujer al corriente de lo que le estaba pasando a su hijo.
            – Si vuelve a soñar lo mismo, vete con él por ese camino: cuando te has cansado de decirle a un niño que en la oscuridad no hay monstruos, lo mejor es encender una luz y que lo compruebe con sus ojos –le dijo la madre.
            El padre estuvo conforme. La noche siguiente, el padre oyó llorar a su hijo.
            – No me atrevía a despertaros –le dijo el niño.
            – ¿Has tenido otra vez ese sueño? –le preguntó el padre.
            – Sí. Y la voz me ha dicho: “Si tu padre no viene hoy, el tesoro será para otro”.
            El padre recordó el consejo de su mujer.
            – Está bien. En cuanto sea de día, le decimos a tu madre que nos prepare un hatillo y nos vamos en busca de ese tesoro.
            – Habrá que llevar la burra, papá, que la orza pesa mucho.
            – La llevaremos. No te preocupes. Duérmete para estar fresco mañana.
            El padre no lo despertó al alba: lo dejó que descansara y lo llamó bien avanzado el día.
            – Levántate, que ya ha preparado mamá el hatillo.     
            El niño saltó de la cama y desayunó casi a la fuerza, tantas eran sus urgencias. A pesar de ello, el padre simuló más prisa aún para darle un punto extra de verosimilitud a la farsa.
            – Venga, vámonos, que se hace tarde –dijo cuando su hijo acabó de desayunar.
            La burra estaba atada desde hacía un rato a una argolla de la fachada del cortijo, aparejada y con las alforjas colgando. El padre subió al niño encima y cogió el cabestro.
            – ¿Tendremos bastante con las alforjas o le ponemos los serones? –dijo antes de echar a andar.
El niño midió la orza con las manos como si la tuviera delante y abrió luego las alforjas.
            – No sé, papá, la orza es muy grande, y está rebosando.
            – Espérate, entonces, que voy a echar un costal.
            La madre, que había salido a despedirlos, se quedó agarrando el cabestro los escasos dos minutos que tardó el padre en volver con un costal doblado que guardó en las alforjas.   
            – Tened cuidado –dijo la madre cuando ya llevaban unos metros andados.
            El niño le dijo adiós con la mano hasta que se perdieron en el bosque de encinas de la dehesa. No mucho más adelante, el camino se abría en dos: uno, llevaba al pueblo; el otro, que se iniciaba junto a lo que fue una huerta, según delataban una noria herrumbrosa y una higuera enorme, bordeaba un arroyo de charcas profundas donde, protegidos por zarzas y tamujos, vivían en continua batalla barbos y nutrias y se adentraba en la sierra abriendo una herida en el espeso bosque de chaparros, jaras y jaguarzos.
            – Aquí, papá, en este cruce empieza el sueño –dijo el niño.
            Era un camino estrecho, pedregoso, que servía de trocha a otros caminos mejores y no llevaba a ningún cortijo, en cuyas inmediaciones no era difícil encontrarse bañas de jabalíes, cuernas de ciervos y despojos de las víctimas de los lobos. Al poco de andar por él, el padre empezó a tomar conciencia del peligro que corrían en aquellas soledades, y más teniendo en cuenta la escasa edad de su hijo.
            – ¿Falta mucho?
            – Todavía falta, papá.
            Los viejos del lugar contaban historias terribles de los lobos. ¿Qué podría hacer si ahora les atacaba una manada? Mientras andaba, tiraba del cabestro con una mano, se tentaba las cachas del cuchillo de monte con la otra y pensaba en lo estúpido de la empresa: seguirle la corriente a un niño para hacerle ver la verdadera naturaleza de los sueños.
            – Por aquí pasaba yo, papá.
            – ¿Falta mucho?
            – Todavía falta.
            Todavía faltaba, y eso que llevaban tres horas andando. “¡Cómo se nota que en los sueños no cansan los esfuerzos!”, pensó el padre. Cada cerro que trasponían, cada torrentera que cruzaban, se le antojaba un límite más del territorio ignoto en el que se adentraban sin solución. ¿No era tiempo de volverse? ¿No era suficiente aquella caminata para abrirle los ojos a su hijo?
            – En cuanto subamos ese altozano y veamos lo que hay detrás, nos volvemos.
            – Detrás de ese altozano hay un arroyo y unos álamos, papá.
            – ¿Y queda mucho para la encina de la orza?
            – Ya queda menos, papá.
            ¿A qué le llamará menos? ¿Cómo se miden las distancias en los sueños? Según cuentan los viejos, una manada de lobos se comió a dos niños que se perdieron en la sierra.
            – Quieto, que algo mueve lo matojos de ahí delante.
            ¿Dirán mañana los viejos que los lobos se comieron a un hombre y a su hijo que se adentraron en el monte para comprobar un sueño? ¿Habrá causa más tonta por la que morir? ¡Con lo trabajosa que es la vida y a la de peligros irremediables que estamos expuestos!
            El padre desenvainó el cuchillo.
            – Tranquilo, que soy gente de paz y paisano tuyo –dijo alguien.
            Era un hombre. Joaquín, se llamaba. El padre y él habían coincidido alguna vez en una taberna del pueblo. ¿Qué hacía por aquellos andurriales? Aunque, visto desde el otro lado, ¿qué hacían ellos, un hombre y un niño, por aquellos andurriales? Sin que aquel hombre le preguntara nada, el padre sintió que la presencia de su hijo lo obligaba a dar una explicación. Además, por absurda, la explicación era vergonzosa.
            – Por extraño que parezca, nos trae por aquí un sueño y una debilidad. El sueño es de mi hijo, que cree haber descubierto un tesoro; la debilidad, mía, pues no he sabido negarme a un capricho infantil y a la componenda de una madre.
            Y, tras decir aquello, el padre contó al caminante el sueño y los trastornos que había producido en su casa.
            – Cuando un padre tiene autoridad, no necesita demostrar que lo que dice es cierto –dijo luego el caminante–. Le voy a poner un ejemplo: si mi hijo busca algo y yo le digo que no está en la alacena, él buscará en todas partes menos en la alacena, seguramente porque no se me ocurrió enseñársela el primer día para demostrarle que no lo estaba engañando.
            – Es pequeño. Tiempo tengo todavía de enderezarlo.
            – Tiempo tiene, es cierto. Pero también es cierto que ha perdido varios años.
            – No perderé ni un minuto más. Ahora mismo doy media vuelta y me voy a mi casa.
            Como había dicho, el padre volvió la burra.
            – Papá, que queda poco. Detrás de este monte hay un arroyo con unos álamos y unos pasos más adelante está la encina con la orza.
            – La encina con la orza la llevas tú adonde quiera que vayas, porque la tienes en la cabeza. Ya hemos andado bastante. Cállate. No me obligues a darte una azotaina.
            El padre y el caminante fueron hablando por el camino mientras unos metros más atrás, subido en la burra, el niño lloraba con un llanto lastimero y contenido.
            Al llegar al cruce, se separaron: el caminante siguió hacia el pueblo y ellos tomaron el camino de su casa: en la única compañía de su hijo, el padre se sintió culpable.
            – Compréndeme: llevábamos andados muchos kilómetros y por aquel terreno hay lobos –dijo.
            El niño no contestó. No le tenía rencor al padre, sino la sensación del que ha dejado pasar para sí y para su familia una oportunidad única y definitiva.
            Al día siguiente, el padre preguntó a su hijo si había soñado con la orza llena de monedas.
            – No, papá: he soñado con la encina. La orza ya no estaba.
            Aquella contestación dejó inquieto al padre. “Quizá debiera comprobar el sueño de mi hijo”, pensó. “Después de todo, ¿qué pierdo por comprobarlo?”. Para no minar su autoridad, determinó ir solo y no decirle nada ni a él ni a su madre.
            – Prepárame una fiambrera, que me voy al pueblo –le dijo a su mujer.
            Media hora más tarde, subido en la burra y con un costal en las alforjas, se despedía de su mujer y de su hijo, de cuya vista no tardó en desaparecer, hundido en el claro bosque de dehesa. En el cruce, tomó el pedregoso camino de la sierra. Subió lomas y cruzó torrenteras secas, olió el almizcle de las zorras, vio cerdas de jabalíes untadas de barro en los troncos de algunos pinos, una víbora se le cruzó en un recodo, un águila cazó a una paloma sobre su cabeza y cerca de una profunda charca vio los restos de un viejo ciervo recién devorado por los lobos y los buitres. Llevaba varias horas andando, cuando al trasponer una loma descubrió al lado de un arroyo los álamos que su hijo había soñado. Poco más allá de los álamos, como indicaba el sueño, había una encina imponente, apartada unos quince metros del camino y rodeaba de dos o tres acebuches y de un mar de jaras. Dejó la burra atada a un acebuche y, no sin ansiedad, subió a la encina. Como indicaba el sueño, en la cruz tenía un hueco enorme. Como indicaba el sueño, dentro del hueco había una gran orza de barro. Como indicaba el último sueño, la orza estaba vacía.
            El padre se bajó de la encina desolado. “¿Quizá nunca tuviera monedas de oro?”, se dijo para conformarse. Y fue decírselo y hallar la respuesta en el suelo: junto a unas huellas de bestia que no eran las de su burra, brillaba, parcialmente enterrada en el polvo, una moneda de oro.
            No tardó en saber el padre que Joaquín que el caminante que se cruzó con ellos por el camino había tenido un gran golpe de suerte, que era rico y vivía en la capital rodeado de aduladores y de criados.