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El vendedor de Tierras

© Juan Bosco Castilla

 

            Por distintos caminos, los biólogos y el Génesis aseguran que los hombres provienen de la tierra, elaborados por el azar o por Dios. La coincidencia es lógica, pues los finales suelen ser iguales a los principios y todo hombre sabe que el destino de su cuerpo es ser polvo, como lo es el de las cosas que hicieron y el de los seres que amaron.

            En cada puñado de tierra hay parte de nuestros antepasados y de sus obras y habrá parte de nosotros y de las nuestras. Nada es más de todos y, sin embargo, nada más susceptible de posesión ni nada más dividido por lindes y fronteras.

            La tierra que nos devorará, inmensa, enorme, se deja pisar y nos alimenta. Frente a la soberbia de los hombres, cuya vida es corta, se halla la humildad de la tierra, ese astro inperecedero. ¿Será, también, que sólo lo humilde es grande?

            Juan del Pozo, Mantillita Velo, vendía tierras de varios colores por las calles de Pozoblanco ("tierra pajiza, blanca, azul y otra que no me acuerdo", dicen que voceaba) de las que en aquellos tiempos se empleaban para pintar o enlucir las paredes interiores de las casas. Si las tierras de otros no se abarcan con la mirada, las suyas cabían en un par de sacos y un burro las porteaba con facilidad. Pocas estampas evocan tanto la humildad  como la de un vendedor de tierras. En pocos oficios se vende por una moneda chica parte de nosotros.