Novelas, cuentos, distopía

 
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Una apariencia verdadera

© Juan Bosco Castilla

 

            Hubo una vez en Torrecampo, hace muchos años, un hombre que respondía al nombre de Santos, aunque al ser bajito y feo era más conocido por Santillos. El tal Santos o Santillos vivía sólo en una pequeña casa de la calle Peñas desde que murió su tío, la persona que se hizo cargo de él cuando, siendo aún muy niño, perdió a sus padres de unas fiebres que se llevaron al cementerio a una buena parte del vecindario. Como su tío, era de oficio carpintero, y no malo, y hubiera tenido el respeto de sus vecinos, una vida cómoda y quizá hasta buen casamiento de no ser porque le tiraban todos los vicios sin excepción, y así era gran fumador y mayor bebedor, y aun jugador de naipes y putero. 
            Santillos, que siempre había tenido tendencia al desorden, vivió en el abandono más absoluto tras la muerte de su tío, esto es, sin barrer ni fregar, durmiendo cuando tenía sueño, comiendo cuando tenía hambre, trabajando cuando se quedaba sin dinero, afeitándose de higos a brevas y, en todo caso, sin lavarse, ni peinarse, ni cambiarse de ropa, como no fuera que, a la manera de un capricho, le diera por ahí en un arrebato, y sólo le daba muy de cuando en cuando.
            Tan mal traer de su cuerpo y de su casa le habían granjeado entre el vecindario una bien ganada mala fama, y eso que Santillos era, además de pacífico, chistoso y ocurrente, y que le daba carrete a las vecinas cuando se metían con él o sonreía, enseñando su dentadura mellada, ante las crueles vejaciones de algunos de sus vecinos, que en el desprecio y la mofa hallaban desahogo para sus propios males. Al cabo, Santillos era una institución en el pueblo, tan poco respetado como necesario, tan afable como digno de burla, tan conocido y de tanta referencia como una céntrica esquina, si bien de edificio derruido y meada.
            Cerca de la casa de Santillos vivía una mujer de algo más de cuarenta años, viuda desde muy joven, no mucho más guapa que él y de su misma estatura, que tenía por nombre Josefa. Hostigada por el infortunio y sola, Josefa, que era tan corajuda como torpe, había añadido a su mal humor natural la desconfianza del ignorante y la agresividad del acorralado. Por cualquier tontería era capaz de plantarle cuatro frescas a cualquiera con palabras chillonas y entre gestos arrabaleros (“¡a mí me la van a dar!”, se decía luego al amparo de su casa). Como, además, llevaba siempre la contraria y para mantener alta la dignidad le gustaba aparentar holgura y refinamiento donde no había sino pobreza y ordinariez, era muy mal vista en el vecindario, que la tenía por mujer simple y de pocas entendederas, y más de uno la provocaba por gusto de verla saltar y reírse un rato a su costa.
            Josefa tenía una hija llamada Luciana, fea y bajita como ella, que, siendo un poco retrasada, no era tan necia como la creía su madre. Educada en la resistencia frente a todo lo que viniera de los otros y como si fuera tonta, casi como el de una tonta era su entendimiento, de manera que no sabía valerse por sí misma y apenas tenía criterio para distinguir lo que le convenía de lo que le perjudicaba.
            Josefa tenía la costumbre de reírse de Santillos, se sentía más guapa y menos desgraciada cuando lo veía lleno de churretes y legañas, haraposo y maloliente. Aunque estuvieran cerca, le hablaba a grito pelado y sólo para burlarse de él con preguntas o comentarios que buscaban dejarlo en evidencia ante la vecindad, como si humillándolo en público se elevara ella al nivel de la gente corriente. “Santillos, potero –ella quería decir putero–, ¿cuánto vino peleón te bebiste ayer?”, por ejemplo. O: “Santillos, jugador de napies –por naipes–, ¿es verdad que tienes novia? Pues dile que le quite las cazcarrias y los lamparones a ese abrigo cochambroso que llevas puesto”. 
            Santillos y Luciana se conocían desde siempre. Santillos, que era bastante mayor que Luciana, le había hecho jeringonzas y ruidos de animales a Luciana cuando, siendo ella niña, al pasar por delante de su casa la veía sentada en el batiente de la puerta, seria, quieta y sola. Más de una vez, alarmada por las risas de su hija, salió Josefa corriendo a la calle y, al ver a Santillos, lo ahuyentó a escobazos, o a pedradas, o a escupitajos, entre agrios insultos y amenazas peores que las de muerte.
            Santillos, que por su forma de ser huía de las grescas, había evitado luego pasar por delante de la casa de Josefa, y Josefa había prohibido a su hija sentarse en el batiente de la puerta, lo que no impedía que Santillos y Luciana coincidieran alguna vez en otra calle. Entonces, Luciana recordaba las jeringonzas y los ruidos y reía abiertamente, provocando en Santillos una estima por sí mismo que le hacía sobreponerse al miedo y a la desidia, y hacer más jeringonzas y más ruidos.
            Luciana aprendió pronto a silenciar sus encuentros con Santillos y a no reírse de sus recuerdos si al verlo iba con ella su madre. Santillos, por su parte, simulaba que no las veía cuando yendo juntas se cruzaban con él, y sólo hacía alto a la voz chillona de Josefa, que aprovechaba cualquier situación para insultarlo y reírse de él, y más si estaba delante su hija.
            Como Josefa no veía a Santillos pasar por delante de su casa ni Luciana reía al verlo, creyó que había concluido la mínima relación que había existido entre ambos y relajó por completo la vigilancia. Por eso la sorpresa fue mayor cuando, varios años después, estando ya Luciana en edad de mocear, una vecina malintencionada le preguntó por el novio de su hija.
            – Todavía es muy joven para echarse novio –contestó ella.
            – Pues, aunque sea muy joven, tiene novio. Pregúntaselo a ella, verás cómo es verdad.
            Josefa no esperó a una ocasión propicia: en cuanto entró en su casa, cogió a la muchacha de un brazo y la puso contra la pared.
            – A ver, ¿qué es eso de que tienes novio? –le preguntó por dos veces, espurreándole saliva en la cara.
            La muchacha tardó en contestar:
            – ¿Qué novio? –dijo por fin, guiñando los ojos y temblando.
            – ¿Tienes novio o no tienes novio?
            – ¿Novio? ¿Yo, novio?
            – Sí, tú. ¿Tienes o no tienes novio?
            – ¿Novio?
            Luciana estaba tan asustada que el pensamiento más liviano le resultaba imposible.
            “Es tonta y fea. ¿Cómo va a tener novio esta pobre desgraciada?”, concluyó la madre echándose hacia atrás, aunque había imaginado un buen casamiento para su hija. Aun así, procuró no perderle ojo.
            Lo cierto era que el tiempo había ido convirtiendo en amor la infantil atracción inicial entre Santillos y Luciana, y que todo el pueblo, menos Josefa, estaba enterado de ello.          
            – Me han dicho que vas a ser la suegra de Santillos –le dijo otra vecina en la cola de un comercio de ultramarinos–. Se le ha notado el cambio: va más curioso y dicen que bebe menos. Verás cómo se formaliza en cuanto se case con Luciana.
            Josefa lo negó a gritos.
            – Se casará con tu hija –contestó–. Y puestas a buscarle suegras, tú, que vas siempre oliendo a aguardiente, pegas bastante más de suegra de ese borracho que yo.
            Dio media vuelta y se fue hecha una fiera, hablando sola por la calle.
            – Dime si es verdad eso de Santillos –gritó en cuanto hubo entrado en su casa.
            Luciana, que estaba sacando la escupidera de debajo de la cama de su madre, estuvo a punto de derramar su contenido sobre los faldones de la colcha de hilo.
            – Yo te mato –grito Josefa echando mano al cuello de su hija, antes de oír contestación alguna–. Con ese potero, con ese borracho, con ese tío cochambroso, con ese jugador de napies... ¿Es que no hay otro hombre en el pueblo?
            La hubiera matado, seguro, pues Luciana no se resistía y ella no dejaba de apretar, de no haber sido porque vio de pronto una luz, o, para mejor decirlo, se imaginó a las vecinas hartándose de reír con su cabreo. ¿Y si todo era mentira? ¿Y si lo hacían para reírse de ella? Soltó el cuello de su hija y, ahogada por los golpes que el corazón le daba en la boca, le gritó:
             – Dime: ¿es verdad que estás viendo a Santillos? Porque si es verdad, te mato.
            La amenaza llevaba implícita la respuesta. Luciana buscó aire mientras negaba con la cabeza, y luego dijo llorando:
            – Que no, madre, que es mentira.
            De rodillas al lado de la escupidera, con los pelos revueltos y llorando, Luciana era la viva imagen de la desgracia.
            – Entonces las mato a ellas, a todas, por mi madre que las mato –dijo Josefa, compadeciéndose una pizca de su hija.
            De haber tenido escopeta, hubiera salido a tiros de su casa. Y si hubiera sido más fuerte, hubiera ido por la calle estrangulando vecinas con sus propias manos. Pero no tenía escopeta ni fuerzas bastantes para vengarse, ni siquiera tenía familiares o amigos que la vengaran por ella. Salió de la habitación y se derrumbó sobre un sillón de aneas que había sido de su padre. “Estoy sola”, se dijo, queriendo decir que estaba vencida. De hecho, fue esa agobiante sensación de derrota la que le hizo cambiar de estrategia: si las vecinas querían picarla y reírse a costa de sus cabreos, lo iban a tener difícil, pensó.
            Tras poner un régimen severísimo a Luciana, se armó de toda la paciencia del mundo para soportar los ataques de sus vecinas con la resignación que se sufren las inclemencias del tiempo o el paso de una enfermedad. Durante varios días quiso aparentar una normalidad nueva: daba rodeos enormes, por ejemplo, para dejarse ver por la calle Tiendas, o salía de su casa a destiempo y cogía la plaza de la Iglesia sólo para que la vieran las beatas que salían de misa, o compraba la mitad de lo que tenía por costumbre para ir a comprar dos veces. Si le preguntaban por el noviazgo de su hija y Santillos, ella era la primera en echarse a reír.
            – Este es un pueblo miserable –decía luego–: con la de verdades que se pueden contar de los ricos y han ido a sacarle un infundio a unos pobres. Y todo porque la muchacha se reía de las muecas de ese infeliz, que bastante tiene con estar solo y ser un borracho y un potero.
            Josefa no tardó en comprender que la serenidad ofende más que la ira. Pero no se conformó con eso: durante los meses que siguieron, inventó, además, mentiras y enredos para quienes le hablaban de Santillos y de su hija, y veces hubo que, como si fuera una novedad, le contaron en secreto patrañas creadas por ella. A varias familias echó a pelear en aquel tiempo y más de un noviazgo se perdió para siempre por su culpa.
            Ella reía en la soledad de su casa recordando los efectos de sus maldades. “A mí me van a venir con historias. ¡Bonita soy yo!”, se decía después en voz alta. “¿Qué dice usted, madre?”, solía preguntarle entonces Luciana. “Nada. Tú come y calla”, contestaba Josefa. O: “Nada, tu barre y calla”. O: “¿A ti qué coño te importa?”
            Por aquella época, cuando más dominada tenía Josefa la situación, se presentaron unas vecinas en su casa.
            – Anda, ven con nosotras, que vas a ver algo de llamar la atención –le dijo una con un aplomo que provocaba desconfianza.
            Ella se resistió. Dijo que no podía salir porque su hija se había ido a misa sin la llave de la casa.
            – Va a ser un momento. No te preocupes por tu hija, que ya es mayorcita y sabe lo que hace –le dijeron.
            Porfiaron más. Insistieron una detrás de otra y todas juntas.
            – Pero decidme de qué se trata –preguntaba ella.
            – Que no te lo podemos decir, que si te lo decimos no te lo crees.
            Porfiaron tanto, que acabó por rendirse.
            – ¿Vamos muy lejos? –preguntó finalmente.
            – No, vamos muy cerca.
            Ya en la calle, volvió a acordarse de su hija.
            – ¿Cuánto vamos a tardar?
            – Va a ser sólo un momento.
            – Entonces me dejo la puerta emparejada.
            No tuvieron que andar mucho antes de que una chistara demandando silencio.
            – ¿Le ha pasado algo a Santillos? –dijo Josefa muy quedo, al descubrir frente a la única ventana de la casa de Santillos un pequeño grupo de hombres y mujeres.
            – Nada malo, no te preocupes por él.
            El grupo de personas se apartó, dejándoles paso.
            – Anda, mira –le dijo una al oído.
            Josefa se asomó por las grietas que dejaba el podrido marco de la ventana y vio a Santillos y a su hija acostados en un lecho revuelto, con la cara boba de los ahítos de amor, desnudos, abrazados y quietos.
            – ¿Qué? ¡Conque Santillos y tu hija no se veían, y hasta los hemos pillado acostados! ¿Te tenemos ya por suegra de Santillos o todavía no? –dijo otra.
            Josefa se volvió (la ira contenida le provocaba un tic en el párpado del ojo con el que había estado mirando) y, con los brazos en jarras, dijo aquello que, tras ir de boca en boca, ha quedado para siempre en la memoria colectiva de Torrecampo:
            – Ese Santos, potero, jugador de napies, acostarse con mi hija, sí, que lo han visto mis ojos, pero otra cosa..., ¡marramamiau!: ¡bonita madre tiene ella!
            Las crónicas orales, que tienen por costumbre recoger sólo lo extraordinario, silencian la continuación de esta historia, de modo que no es posible saber qué paso luego, quizá porque Luciana y Santillos se casaron y vivieron dentro de las reglas con que se rige la sociedad, esto es, con la simpleza de todo el mundo.