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El jardinero del edén

© Juan Bosco Castilla

 

            Harun, El Iluminado, vivía en un palacio de encaje a orillas del Guadalquivir, entre un bosque de almendros. Aunque su sabiduría era más que conocida, debía su gran renombre al increíble jardín de su palacio. Cuando el califa de Córdoba, llevado de toda suerte de comentarios maravillosos, se dignó visitar el jardín, quedó estupefacto al ver floridos rosales trepadores en busca del cielo, balanceándose con el frío viento del invierno.

            – Este jardín no tiene estaciones –le explicó Harun.

            Pero el califa no lo oyó: estaba confundido por el laberinto de madreselvas, cabellos de ángel, celindas y lilas y embriagado por el fluido perfume de los jazmines y el cálido aroma del azahar.

            – Dime, de qué ignoto país trajiste esta tierra –acertó a decir.

            Harun contestó:

             – No es la tierra, mi señor, que aquí estaba cuando mandé levantar el palacio, ni el agua, que es de nuestro gran río, sino las manos del jardinero.

            Harun mandó por él y al rato llegó un hombre viejo, dulce, que cojeaba sensiblemente. El califa le preguntó por tan extraño fenómeno y él, como si con ello contestara a todo, dijo:

            – Yo, mi señor, fui jardinero del edén.

            Nadie tuvo la menor duda, como si lo supieran de siempre, aunque nadie lo había oído nunca ni se les había ocurrido pensarlo.

            Un día infausto murió el jardinero. Su hijo, Mahmud, lo enterró en un arriate. Cada tarde, al caer el sol, murmuraba una oración viejísima y regaba aquel lugar, porque su padre siempre llevaba en el vientre una almendra.

            – Después de muerto quiero ser un almendro –le había dicho el viejo.

            La hija de Harun, que jugaba en el jardín a ser princesa de cuento, lo vio una vez llorar sobre el arriate.

            – Lloro porque con lágrimas nacen antes las plantas y crecen más lozanas, y quiero que mi padre se convierta pronto en un árbol.

            La niña, acostumbrada a oír llorar de pena y a ver regar con agua, rió a carcajadas. “Pareces tonto”, dijo, y se fue saltando sobre el mármol del pasillo, rozando levemente las flores más atrevidas. Mahmud lloró de pena bajo un sauce gigante.

            Otro día, la niña llegó, curiosa.

            – ¿Ves? –dijo el jardinero señalando un tallo recién nacido en el suelo–, eso es mi padre.

            La niña quedó pasmada. Luego dijo:

             – A mí me gustaría ser una flor de agua.

            Fue corriendo a un estanque y metió la mano. Los peces veteados rozaron con el lomo los dedos sumergidos. De pronto, se levantó, miró hacia el arriate y gritó: “Cuando me muera, quiero ser una flor de agua”. Dio un salto y corriendo se perdió entre las plantas.

            La niña acabó acercándose todos los días, con un alboroto que alteraba el vaivén de las hojas y el palpitar de las fuentes. Mahmud la esperaba tendido bajo el lánguido sauce.

            – Soliviantas a las flores –le decía el jardinero.

             Ella reía sin hartarse, recién bañada, fresca, el pelo negro aún mojado.

            – ¿Qué flor linda me descubrirás hoy?

            La niña lo acompañaba a todas partes, le ayudaba a podar, abría y cerraba los canales y removía la tierra, y el jardín estaba todavía más hermoso.

            – Mi señor –dijo el jardinero a Harun–, quiero pedirle permiso para enseñar a las plantas a inclinarse al paso de mi señor.

            Harun, sin inmutarse, dijo que sí, y al volver, al cabo de varios días, las plantas doblaron su tronco como movidas por un viento mágico. Harun recompensó al jardinero.  “Pero que sólo se inclinen al paso del califa”, indicó.

            Otra vez, Mahmud pidió permiso para enseñar al jardín a cantar y, a los pocos días de haberlo obtenido, el amo escuchó un canto entonado por el agua de las fuentes, las hojas de los árboles y el ruido de los insectos.

            – Vine –comentó Harun– porque creí que había bajado una legión de ángeles.

            Una tarde que no acudió la niña, Mahmud recordó el día que ella lo encontró llorando y le dijo que era tonto. Entonces, se dio cuenta de que el almendro sobrepasaba con creces la tapia, que la niña era una mujer y que él la amaba. Y al día siguiente, cuando estuvieron otra vez juntos, Mahmud pensó tan fuerte que la amaba que fue como si lo hubiera dicho. A ella le dio vergüenza contestar, pero pensó muy fuerte “yo también te amo”, y él lo oyó.

            El jardinero pidió a Harun la mano de su hija. El impasible Harun quedó atónito.

            – ¿Cómo puedes tú, un simple criado, pedir la mano de mi hija? –contestó airadamente.

            Mahmud entendía poco de alcurnias.

            – Nos amamos – aclaró.

            Harun se enfadó aún más.

             – Mi hija amará quien yo diga –gritó, y mandó echar al jardinero del palacio.

            El jardín entristeció rápidamente. Las flores se marchitaron, los árboles perdieron sus hojas y ni un jardinero tunecino ni un sabio persa que había escrito un tratado sobre jardines colgantes lograron evitarlo. Únicamente florecía el almendro del padre de Mahmud.

            La hija de Harun contrajo matrimonio con un hijo del califa y se fue a vivir su desdicha a un palacio rodeado de palmeras situado en el borde de la sierra. A mí me contaron que lloraba en un huerto, detrás del palacio, donde acudía con el pretexto de pasear entre los naranjos. Me contaron, también, que siempre iba al mismo sitio, de suerte que no vieran su sufrimiento. Lo demás es todo de Haled, el narrador: “Nació un tallo pequeño que fue creciendo rápidamente con las lágrimas. De él nacieron ramas, y de las ramas nacieron más ramas. El almendro floreció y tuvo almendras sin perder las flores. La mujer, al reconocer el prodigio, lloró tanto y tan fuerte que se ahogó en sus propias lágrimas”.

            Puede no ser verdad. Pero lo cierto es que hay dos almendros de flores eternas: uno está situado en el devastado jardín de Harun. El otro está en la sierra, al borde de una inexplicable laguna salada poblada de flores marinas.