Novelas, cuentos, distopía

 
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La caza del búfalo

(Para Juan y Luis)

© Juan Bosco Castilla

 

            Cuando en el poblado indio se acabó la comida, el Gran Jefe llamó a los doce jóvenes de la tribu y les dijo muy serio que debían salir a cazar un búfalo. A otro día, los guerreros señalados se levantaron muy temprano y, como estaba previsto, partieron en grupo para cumplir su tarea. Bueno, todos menos el indio Perezoso, que no pudo vencer el sueño que tenía y se quedó acostado.
            Los once jóvenes que salieron caminaron muchos kilómetros hacia el Oeste. Es decir, todos menos el indio Desobediente, que no llevaba zapatos, aunque su mamá le había ordenado que se los pusiera porque de lo contrario se pincharía con las piedras del camino.
            Los diez indios que quedaban subieron altas montañas y recorrieron valles muy largos. Todos menos el indio Glotón, que comió a escondidas muchas chucherías y tuvo que volverse, porque le dolía la barriga.
            Cuando a los nueve indios restantes les dio sed, bebieron agua de sus cantimploras. Aunque el indio Olvidadizo, que no se acordaba nunca de nada porque no ponía atención, debió beber de las cantimploras de los demás, pues la suya se le había olvidado. Sin embargo, como no había bastante agua para todos, no pudo seguir avanzando.
            Cuando a los ocho indios que quedaban les dio hambre, comieron de lo que portaban en sus macutos. Todos menos el indio Gorrón, que jamás llevaba algo suyo. Los demás indios le dieron varias veces comida, pero, finalmente, en vista de que no había víveres para todos, debió volverse al campamento.
            Los siete indios restantes se encontraron un día ante un río muy ancho y tuvieron que traspasarlo. Todos lo atravesaron menos el indio Tranquilón, que no había aprendido a nadar porque pensaba que nunca le haría falta, y el indio Temerario, que quiso cruzarlo por los rápidos y se lo llevó la corriente.
            Poco después del anochecer de aquel mismo día, los cinco indios que restaban se tumbaron en sus mantas y se durmieron. Todos menos el indio Cobarde, que se asustó con los aullidos de unos coyotes y se quedó dormido al amanecer, cuando los demás iniciaron la marcha.
            Los cuatro indios que quedaron siguieron andando por la pradera. En una ocasión, la melancolía los llevó a acordarse de sus familias y se pusieron a hablar de ellas. El indio Llorón se acordó entonces del hambre que estaría sufriendo su mamá y de lo que le pasaría si no cazaban un búfalo y se puso a llorar. Lloró tanto, que se le hincharon los ojos y dejó de ver, por lo que no pudo continuar adelante.
            Después de andar varios días más, los tres indios que quedaban vieron una gran manada de búfalos a lo lejos. Los indios sacaron el arco y las fechas y se prepararon para la caza. Todos menos el indio Desordenado, que había llenado el carcaj con lápices de colores y había puesto las flechas en el estuche de los lápices.
            Los dos indios restantes persiguieron a la manada por la pradera. Cuando tuvieron a un búfalo cerca, los dos pusieron una flecha en el arco y se dispusieron a dispararla. Pero el indio Inapetente comía muy poco y no tenía fuerzas para tensar el arco, de manera que se hincó la flecha en el pie.
            El indio que quedaba, cuyo nombre no recuerdo, cazó un búfalo y poco a poco y con mucho trabajo consiguió llevarlo al poblado, donde fue recibido con gran alborozo, pues era una tribu pequeña y con un búfalo tenía para muchos días.
            Con el tiempo, el joven que cazó el búfalo fue nombrado Gran Jefe, porque todos estaban de acuerdo en que no había indio mejor en la tribu.