Novelas, cuentos, distopía

 

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El hombre que creía en los Reyes Magos

© Juan Bosco Castilla

 

                   Érase una vez un niño que ya era muy mayor para seguir creyendo en los Reyes Magos.  

                  – ¿No te parece que nuestro hijo es un poco grandecito para ser tan inocente –le dijo un día el padre a la madre.

                  – Déjalo que mantenga la ilusión todo el tiempo que pueda –contestó la madre.

                  Recién entrado en la adolescencia, el protagonista de esta historia aseveró en una reunión de amigos que la misión de Melchor, Gaspar y Baltasar durante la noche del 5 al 6 de enero era totalmente cierta y quienes lo estaban oyendo se rieron de él a carcajadas y lo tacharon de infeliz. Para no dar más pábulo a la chanza, acabó dándoles la razón y el asunto fue relegado pronto al olvido.

            Al cabo de los años, los únicos que conocieron su secreto fueron sus padres, quienes, por otra parte, renunciaron a convencerlo. Y eso que la candidez de su hijo les planteaba verdaderos problemas. Por ejemplo, el primer año que no les quiso decir lo que había pedido a los Reyes Magos, al padre no le quedó otro remedio que ir a la oficina de Correos y preguntar por una carta dirigida a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente.

            – Mire usted la cantidad de cartas que van dirigidas a Oriente –le dijeron en correos enseñándole un montón enorme de ellas que no irían a ninguna parte.

            El padre se entretuvo en buscar entre cientos de cartas aquélla que tenía en el sobre la letra de su hijo. Cuando su mujer y él la leyeron en casa, descubrieron el segundo problema: su hijo había pedido un pijama y unas botas. ¿Cómo hacer que le vinieran bien, al menos las botas?

            – Quizá crea que los Reyes Magos son de mentira cuando la mañana del 6 de enero descubra que no le han dejado nada en la cesta que coloca junto a los zapatos –dijo el padre.

            La madre se resistía a dar aquella solución al problema, pero el padre esta vez no transigió.

            – El día 6 de enero no, porque las tiendas están cerradas, pero el día 7 yo mismo voy con él a comprar todo lo que les ha pedido, para que vea que no es por ahorrar –dijo.

            Aquella noche de Reyes, como todas las anteriores, el protagonista de esta historia dejó a sus amigos disfrutando de la fiesta y se fue a su casa temprano, cenó y se acostó enseguida.

            Su madre, que había visto el rostro resplandeciente con que su hijo se iba a la cama, no pudo evitar que unas lágrimas le brotaran de los ojos cuando, poco después, vio la sonrisa que esbozaba dormido y los dos zapatos colocados junto a la ventana, como siempre.

            Aún hizo la madre un último intento para convencer a su marido.

            – No –contestó el padre–. Esto que vamos a hacer ahora teníamos que haberlo hecho hace mucho tiempo. Además, ¿dónde vamos a comprar ahora un pijama y unas botas?

            La madre no pegó ojo en toda la noche.

            A la mañana siguiente, de madrugada, el muchacho se presentó en la habitación de sus padres. Iba cabizbajo y llevaba en las manos la cesta vacía.

            – Mira, mamá, no hay nada. ¿Tan malo he sido? –dijo con una infinita tristeza, y rompió a llorar al pie de la cama con un llanto silencioso que sobrecogía.

            – Quizá los Reyes Magos no existan, después de todo –dijo el padre, que se había despertado al oír a su hijo.

            Pero el muchacho no atendía a razones.

            – Algo he hecho mal y no sé qué es –repetía entre llantos, sin que las palabras de sus padres le sirvieran de consuelo.

            Tenía entonces diecisiete años, y lloraba con la hondura que lloran los hombres. Finalmente, cerca de la media mañana, el padre se presentó en el salón, donde seguía llorando su hijo, con un papel que dijo haber encontrado al pie de la cama.

            – ¡Quién te ha dicho que no han venido los Reyes Magos! Esta nota te la han escrito ellos –aseguró–. Toma, léela.

            El muchacho leyó en voz alta.

 

                  Querido amigo:

                  No podemos dejarte el pijama de invierno porque en la carta no nos pusiste la talla que querías. Por la misma razón, que no sabíamos el número, tampoco te hemos traído las botas.

                  Sin embargo, como sabemos que has sido bueno, no queremos que te quedes sin regalos. A Melchor se le ha ocurrido dejarte en lugar de los regalos unos vales para que los canjees por el pijama y las botas en cualquier tienda del mundo.

                  Otra cosa no podemos hacer. Confío en que estés contento con nuestra visita.

                  Te damos un beso antes de irnos. Te quieren, tus amigos los tres Reyes Magos de Oriente.

                  Firmado: Melchor, Gaspar y Baltasar.

 

            – Esto también estaba en el suelo –le dijo el padre inmediatamente–. Debe haberse caído con el alboroto de los camellos.

            Eran dos tarjetas de Navidad cogidas al azar de entre las varias que le habían sobrado a él. En una de ellas, había escrito: “Vale por un buen pijama de invierno”. Y en la otra: “Vale por un par de buenas botas”. En las dos estaban las firmas de los tres Reyes Magos.

            Nunca más intentaron los padres convencer a su hijo de la verdad. Y eso que aquella inocencia anormal les acarreaba incomodidades y algunos problemas, el peor de los cuales era sin duda el remordimiento de conciencia.

            – ¿Qué será de nuestro hijo cuando se vaya a vivir solo y nadie le ponga los regalos? –se atrevió a decir la madre un día en voz alta.

            Su marido, que la estaba oyendo, permaneció un momento en silencio antes de contestar.

            – Ya veremos –dijo finalmente–. Quizá antes abra por fin los ojos y sea capaz de diferenciar lo que es verdad de lo que es mentira.

            El muchacho se fue a estudiar a la capital. Pero como el día de los Reyes Magos cae siempre en vacaciones y éstas las pasaba en su casa, no se les planteó a los padres dificultad alguna: todos esos años, Sus Majestades le dejaron los regalos en la cesta que encontraban junto a los zapatos.

            Lo peor vino después, cuando el muchacho, a sus veintitrés años y con su carrera hecha, debió irse a hacer la mili a una ciudad lejana.

            – Ahora, por fin, se va a encontrar de bruces con la verdad, y en un sitio apartado, donde no conoce a nadie, rodeado de gente que se reirá de su inocencia –dijo la madre.

            – No te preocupes. Le darán permiso por Navidad, ya verás –aseguró el padre, aunque ni él mismo estaba convencido de lo que decía.

            Le dieron permiso a todos los del cuartel, pero por turnos, y al muchacho le tocó el primero, el de Nochebuena. La madre creía que se iba a morir del disgusto.

            Nuestro hijo no se vuelve al cuartel hasta el día 6 de enero por lo menos. Si hace falta, voy a hablar con quien sea para que se quede aquí: con el alcalde, con el coronel o con el papa –dijo la madre.

            – ¿Y qué les vas a decir: que tu hijo tiene la mentalidad de un niño pequeño? –le contestó el padre.

            La madre sacó todo el genio que tenía dentro.

            – ¡Mentalidad de niño pequeño, y ha acabado su carrera con sobresaliente de nota media! –dijo.

            El padre se calló, que era lo que hacía siempre que la conversación se ponía tirante, pero volvieron a tratar el asunto muchas veces, y ninguna de ellas encontraron una solución.

            El día veintidós de diciembre, mientras los niños de San Ildefonso cantaban en la radio los números de la lotería, se presentó el muchacho en su casa cargado de pequeños regalos para su familia y sus amigos. Su padre, al verlo sacar del macuto tantos paquetes, dijo: “Te pareces a Melchor”. Él no entendió la broma. Se puso serio y contestó:

            – He estado pensando en el asunto de los Reyes Magos. Creo que lleva razón la gente y que no son ellos quienes entran en las casas y dejan los regalos.

            El padre creyó que le iba a dar un soponcio de pura felicidad. La madre amagó un puchero. El hijo continuó diciendo:

            – Si siempre fueran los Reyes Magos los que dejaran los regalos, ¿qué pintaban los pajes en todo esto? Yo creo que la mayoría de las veces son los pajes, que también deben ser magos, quienes entran en las casas, y que Sus Majestades se quedan en la puerta, subidos en sus camellos, supervisando la actuación de sus empleados. Sólo cuando se presenta un problema o hay que hacer un regalo especial, se apean ellos de sus monturas y lo hacen personalmente.

            Los padres se quedaron estupefactos. Aquella salida infantil convenció a la madre del riesgo que corría el muchacho.

            – Imagínate lo que le puede pasar en un cuartel, con tanta gente joven dispuesta a reírse de todo, si no recibe regalos –le dijo a su marido.

            Pasó la Nochebuena y el muchacho volvió al cuartel.

            – Dinos, por lo menos, qué le vas a pedir a los Reyes Magos –le preguntó su madre momentos antes de despedirlo.

            – Ya les he dicho a los compañeros que este año he pedido un queso y un jamón para compartirlo con ellos. Todos se lo toman a broma, pero cuando vean el queso y el jamón junto a los zapatos, verás cómo me piden participar del festín.

            Los padres se quedaron buscando una posible solución que no acababa de llegar.

            – Iré yo mismo –dijo finalmente el padre–. Pediré permiso a quien en ese momento se halle al frente del cuartel y le dejaré a nuestro hijo el regalo sin que se dé cuenta.

            El padre cogió el coche y se plantó en el cuartel durante la mañana del día 5 de enero.

            – Mire usted –le dijo al coronel–. Yo soy el padre de uno de los soldados de este acuartelamiento. Como agradecimiento al generoso trato que está recibiendo mi hijo, quiero obsequiarle un queso y un auténtico jamón de cerdo ibérico.

            Al coronel se le hacía la boca agua. El padre continuó:

            – Mi hijo habla y no para de usted y de sus compañeros. Así que, si usted me lo permite, yo querría darle otro queso y otro jamón a sus compañeros, para que se lo coman todos juntos en alegre camaradería.

            Al coronel le pareció una idea estupenda.

            – Verá usted –continuó el padre–, yo soy un sentimental. De no serlo, no hubiera venido desde tan lejos con el coche cargado de quesos y jamones. Por eso quisiera pedirle a usted el favor de dejarle a mi hijo el regalo la misma noche de Reyes. A los padres no nos gusta que los hijos crezcan, ya sabe, y a mí esa noche siempre me ha recordado la niñez de mi hijo.

            El coronel, que tenía varios hijos, salió desde detrás de la mesa y le dio un abrazo.

            – Yo también soy un sentimental –confesó–. No sólo consiento que haga usted de rey mago, sino que lo voy a acompañar, si no le es molestia. Es más, voy a dar orden de comprar un queso y un jamón para cada una de las compañías y usted y yo vamos a ir de madrugada dejando quesos y jamones a esos muchachos, que pasan la fiesta de los Reyes Magos añorando el calor de la familia.

            El padre quedó encantado. La noche del 5 al 6 de enero, los dos anduvieron varias veces del despacho del coronel a los dormitorios de la tropa, silenciosos como auténticos Reyes Magos, entre las sombras de los patios del acuartelamiento y el sobresalto de los guardias.

            – Misión cumplida –le dijo el padre a la madre cuando estuvo de vuelta en su casa–. Pero creer en los Reyes Magos plantea problemas gordos, y cualquier Navidad se va a encontrar con que nosotros no estamos para resolvérselos.

            La madre asintió. Ambos sabían a aquellas alturas de sus vidas que no habían actuado correctamente al permitir que a los veintitrés años su hijo siguiera creyendo en los Reyes Magos. ¿Pero qué podían hacer ya, sino seguir con la mentira hasta que alguien con más convicción o más influencia sobre él le hiciera ver la realidad de esos personajes?

            La oportunidad no tardó en presentarse. Poco después de venir de la mili, el muchacho se echó novia.

            – Te voy a decir algo que parece una tontería –le dijo la madre a la muchacha–: mi hijo cree en los Reyes Magos como un niño de cuatro años. Nosotros hemos sido incapaces de inculcarle la verdad. Pero tú eres su novia y a ti te hará más caso.

            Aunque dijo que sí por cortesía, la joven pensó que quien estaba al margen de la realidad era la pobre madre de su novio, que ya chocheaba. A él, por no ofenderlo con defectos de un ser tan querido, no le hizo comentario alguno.

            – ¿Cómo va lo de los Reyes Magos? –le preguntaba de vez en cuando la madre a la novia.

            La joven contestaba con evasivas. “Estoy en ello”, le decía.

            Lo cierto es que el tiempo pasaba y que un día los jóvenes decidieron casarse. Sin respetar los nervios de los preparativos para la boda, la madre no dejaba de insistir con el asunto de los Reyes Magos.

            – No se preocupe usted, señora, que el niño ha crecido por fin y ya no cree en los Reyes Magos –le dijo una mañana la novia, harta de tanto oír hablar de lo mismo.

            La madre entendió que debía callarse, pero no se quedó convencida: ella, mejor que nadie, conocía la resistencia de su hijo a aquella verdad tan simple.

            Los novios se casaron. Nadie dijo nada del asunto y la joven pudo por fin respirar aliviada. Sin embargo, un día de la Navidad siguiente la madre no pudo aguantarse y le preguntó de nuevo.

            – Si alguna vez creyó en esos cuentos de niños pequeños, tenga usted por cierto que ya no cree. Ni en ésos ni en ningunos –respondió la nuera.

            La madre del protagonista de esta historia se guardó para sí la duda y el dolor y no volvió a decir nada.

            El día 6 de enero, a primera hora de la mañana, sonó el teléfono en su casa. Era la esposa de su hijo, quien, con la voz quebrada por un llanto silencioso, la llamaba para pedirle disculpas y consejo.

            – Tenía usted razón. No sabe lo triste que se ha puesto su hijo esta mañana al descubrir los zapatos vacíos. No me oye, no me ve. No deja de llorar y preguntarse qué ha hecho él para no merecer regalos. No sé qué hacer. Ahora siento no haberle hecho caso. ¡Con el poco trabajo que me habría costado dejarle los regalos en los zapatos! –dijo.

            La madre no se apuró.

            – Pregúntale si en la carta que le escribió a los Reyes Magos les notificaba que había cambiado de domicilio –contestó–. Y, cuando te diga que no, dile que, como no lo ha hecho, los Reyes Magos han dejado sus regalos donde siempre, en casa de sus padres, en su habitación y en el suelo, porque no estaban puestos los zapatos. Dile que aquí han dejado el reloj que pidió para él y el abrigo que pidió para ti. Y dile que no ha hecho nada malo, que es un buen hijo y un buen esposo y que lo queremos. Y cuando le hayas dicho todo eso y le hayas dado un beso muy grande, os venís a nuestra casa, que voy a preparar una pierna de cordero que da gloria verla.

            Apenas nada tardó el joven matrimonio en presentarse por los regalos.

            – ¡Soy un pobre desconfiado! –aseguró el hijo–. ¡Cómo he podido dudar de mis amigos, los Magos de Oriente!

            La joven esposa apartó a un lado a su suegra y le preguntó cómo sabían ellos lo que su hijo le había pedido a los Reyes Magos.

            – Por la carta –contestó la suegra–. Como todas las Navidades, su padre ha ido a correos y ha buscado la suya entre los cientos de cartas que los niños dirigen a los Reyes Magos. También este año había un sobre con su letra.

            La joven esposa comprendió que se había casado con una persona poco común. Desde entonces, el día 6 de enero no faltaron regalos en los relucientes zapatos que su marido colocaba antes de acostarse a los pies de la cama.

            El hombre que creía en los Reyes Magos siguió y siguió formulando sus peticiones por escrito, y siempre hubo alguien dispuesto a ir a correos a descubrir su letra entre los miles de cartas que los niños pequeños mandan a Oriente por Navidad.