Novelas, cuentos, distopía

 
Los sentimientos, claros.pdf (17,3 kB)

 

Los sentimientos, claros

© Juan Bosco Castilla

 

 

 

            Un día, en un pueblo no demasiado lejano ni demasiado diferente del tuyo, el alcalde llamó a los escritores de cuentos y les dijo:
            - Quiero que cada uno de vosotros escriba un cuento donde las cosas estén claras, para que los niños aprendan a diferenciar lo bueno de lo malo. Con todos los cuentos que escribáis haremos un libro y lo llevaremos a las escuelas y a la Biblioteca Municipal.
            Los escritores aceptaron la oferta y se reunieron durante algunas tardes para armonizar sus narraciones. Los escritores acordaron que el lugar donde se desarrollaran las historias fuera un bosque magnífico surcado por arroyos cristalinos, donde crecieran flores preciosas, cantaran los pájaros y siempre fuera primavera. A fin de que las cosas estuvieran claras, resolvieron que los enanos serían bajitos, que los gigantes serían muy grandes, que los lobos se comerían a los niños, que los sapos serían sapos y no príncipes encantados, que las brujas serían morenas, feas y malas y, que las hadas serían delgadas, hermosas y buenas y que las princesas serían rubias, bellas y sosas y acabarían casándose con un príncipe alto, valeroso y guapo.
            Los escritores se fueron a sus despachos y, rodeados de libros llenos de viejas historias, se pusieron a escribir. Primero, escribieron de una bruja. La construyeron por dentro y por fuera rasgo a rasgo y sentimiento a sentimiento, como se levantan los edificios o se hacen las máquinas más complejas. Por fuera, la bruja era vieja, tenía la nariz aguileña, los ojos pequeños y hundidos, los cabellos grasientos y desaliñados, la espalda arqueada, la cara arrugada y llena de granos, tres pelos largos en la barbilla y la boca habitada por apenas unos pocos dientes negros; por dentro, era rencorosa, avara, vengativa y soberbia. Como era fea y mala, odiaba a todos los habitantes del bosque, especialmente a aquellos que por su belleza o su bondad tenían de lo que ella carecía, como a una princesa hermosísima que vivía en un castillo precioso y al hada buena que la protegía. Vivía sola y arrinconada por la suciedad y el abandono en una casa a medio hundir situada en lo más profundo del bosque, donde más aullaban los lobos y más anidaban las serpientes.
            Los escritores de aquel pueblo eran grandes maestros, y lo mismo que hicieron con la bruja hicieron con el hada. La inventaron con tanto detalle, que los lectores eran capaces de sentir con ella y separar cada uno de sus cabellos. Los ilustradores del cuento, que también fueron convocados por el alcalde, acordaron dibujarla a un palmo del suelo y rodeada de un aura rosada que realzara su extrema bondad, y la dotaron de una varita mágica de punta estrellada y luminiscente con la que podía a su voluntad convocar al bien y deshacer el mal. 
            Cuando fueron a crear a la princesa del cuento, los escritores buscaron a la mujer más hermosa del mundo para tenerla por modelo y, aun así, engrandecieron su belleza dorándole los cabellos, dilatándole los labios y los senos, blanqueándole los dientes, alargándole las piernas y poniéndole en la boca una sonrisa indeleble. Para construir su alma, tomaron una enciclopedia de virtudes y, con meticulosidad de relojero, fueron encajándolas en su corazón e inventando para cada una de ellas diversas historias, que grabaron luego débilmente en la memoria de la princesa para que tuviera de sus virtudes una conciencia lejana, como se imprimen las hazañas propias en la memoria de los humildes.
            Por último, con un cuidado infinito, crearon al príncipe, que era rubio, alto, recto, fuerte e iba siempre impecablemente vestido de azul. Adornaron su espíritu con la flor de la valentía, el diamante de la lealtad, el fuego de la pasión, el martillo de la perseverancia, el aire puro de la integridad y la espada de la justicia. Le construyeron un glorioso pasado de batallas y le adjudicaron el don de la poesía y la gracia de la seducción.
            - Hemos construido con tanto detalle los personajes, que los lectores no sólo soñarán con ellos, sino que se compararán a sí mismos y a las personas de carne y hueso con los personajes del cuento. Quien lo lea, sobre todo si es niño, ya no verá más belleza que la delgada belleza de la princesa o la azulada belleza del príncipe, ni verá más maldad que la maldad de la fea bruja, ni más bondad que la bondad del hada buena –le dijeron los escritores al alcalde.
            Éste quedó muy satisfecho con la construcción de los personajes, que parecían más ciertos que los de verdad, y les dijo:
            - Ahora tenéis que construir con estos personajes una historia donde cada uno haga lo que se supone que debe hacer, a fin de que los niños tengan las ideas claras: donde la bruja emponzoñe y mate y triunfen la belleza de la princesa, la valentía del príncipe y la bondad del hada.
            -¿Y cómo ha de acabar esa historia? –le preguntaron los escritores.
            - Como acaban todas las historias de bien: la princesa y el príncipe se casarán, el hada se perderá en un sueño y la bruja sufrirá el dolor de una soledad eterna.
            Los escritores volvieron a sus casas y se pusieron a trabajar en la historia. Sus personajes estaban tan bien construidos, era tan fácil relacionarse con ellos, que parecían actores de teatro más que seres de ficción, como si para ordenarles lo que debían hacer no fuera necesario escribirlo, sino solamente decírselo.
            Los escritores inventaron una larga historia en la que la princesa sufría mil peripecias con enanos, gigantes, sapos, lobos, madrastras y otros seres más o menos fabulosos y el príncipe participaba con éxito en mil legendarias batallas, hacía viajes a lugares ignotos y componía cientos de poemas dulces y desesperados. Ambos pasaban la historia sin conocerse pero deseando su encuentro, como presos de un destino que los uniría necesariamente. Pasadas muchas páginas, la princesa y el príncipe se encontraban y se enamoraban al instante. Para que ese amor fuera imposible, la bruja hechizaba a la princesa dándole a comer una fruta envenenada. Pero el hada, que no podía permitir que el amor fuera derrotado por el mal, desencantaba con la varita mágica a la princesa, que acababa casándose con el príncipe en la engalanada capilla del castillo, rodeada de fiestas, del calor de su pueblo y de la admiración de los lectores.
            El alcalde quedó muy satisfecho con la historia, que fue repartida por el vecindario para que los niños tuvieran modelos concretos de conducta y aprendieran así a diferenciar el bien del mal, lo que se debe hacer y premiar de lo que no se debe hacer y combatir.
            La historia de cómo se hizo aquel cuento acaba aquí, pero aquí es donde empieza lo verdaderamente extraordinario de la historia. Lo que nadie sabe ahora es que los personajes fueron tan bien construidos que tuvieron sentimientos propios, y que mientras la bruja y el hada aguardaban en la imaginación de quienes las crearon a que la princesa y el príncipe vivieran sus particulares aventuras, hablaban entre sí, y que hablando y conociéndose surgió en ellas y entre ellas un sentimiento difuso que sólo mucho después se atrevieron a descubrir como amor. “Quienes nos crearon no arraigaron en nuestro corazón el amor entre nosotras, pero el amor el libre, toma a quienes quiere y de la forma que quiere, y nada puede contra él ni la voluntad del alcalde, ni la voluntad de los escritores, ni nuestra propia voluntad”, se dijeron. Eran conscientes, sin embargo, de que no podían descubrir su amor sin romper la historia, y por eso resolvieron actuar en el cuento como estaba previsto, hacer de buena y de mala y ceñirse en todo al papel que los escritores les habían asignado.
            El cuento quedó como estaba previsto. Nadie supo nunca la verdad, sólo –quizá alguna de ellas- el que escribió el poema que yo descubrí hace tiempo entre las ennegrecidas hojas de uno de esos libros, cuyo tenor literal es como sigue:
 
En algún lugar de este bosque
hay una seta arrancada inútilmente.
 
En algún lugar de este bosque
llora una mujer que envejece sin ser amada.
 
En algún lugar de este bosque
un hijo ha amenazado de muerte a su madre.
 
Cuando los escritores de cuentos descansan,
salen de su casa el hada y la bruja de este bosque
para acudir a una cita secreta:
nadie sabe que pasan la noche juntas,
nadie debe saber que se aman.
Hay demasiado desorden en su realidad
para tejer con ella una ficción infantil:
la bondad con la bondad
y la maldad con la maldad.
Y, sobre todo, cada cuerpo
con el instinto natural de nuestro cuerpo.
 
En algún lugar de este bosque
hay un hada que finge ser buena
y una bruja que finge ser mala.
 
Sentados en sus desordenados despachos,
los escritores de cuentos de este bosque
creen que es verdad lo que escriben:
no saben que la ficción es mentira.