Novelas, cuentos, distopía

 

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El polvo en suspensión

© Juan Bosco Castilla

 

           Cruzó la puerta de la facultad con el desasosiego de todos los días. Enseguida, el olor rancio y la pesadez de los muros se le revolvieron en el estómago produciéndole una amenaza de vómito que le dejó el  ánimo desarmado, como siempre. Miró el patio, el tablón general de anuncios y dobló una esquina camino de su aula.  De pronto, tuvo conciencia de que se había perdido. Se encontraba en un estrecho corredor donde las bóvedas se abrazaban en huecos oscuros llenos de telarañas. Un vientecillo fresco silbaba a veces, leve y acompasadamente. Tras un momento de indecisión, dio media vuelta e intentó recuperar sus pasos. Anduvo algún tiempo creyendo reconocer el camino, todavía seguro, aunque recordando sucesos inexplicables que ahora se le antojaban extrañamente posibles. Luego, los estrechos corredores le parecieron infinitos y el silencio, eterno. Anduvo entonces a la razón del instinto, sin encontrar a nadie que pudiera ayudarle, hasta verse de nuevo bajo las bóvedas abrazadas, oyendo el breve silbido del aire.
            Lo intentó otra vez, otras veces, con el mismo resultado. Como subía y bajaba escaleras, se preguntó si no habría una multitud de plantas iguales, y luego, al borde de la desesperanza, si no estaría loco. Por un momento, se paró a examinarse y se encontró perfectamente capaz. Sin embargo, en seguida le vino a la cabeza la idea de que las cosas habían perdido su esencia y se habían quedado en estructuras absurdas. Quizá por ello los corredores no conducían a ningún sitio ni las escaleras llevaban de unas plantas a otras.  Cuando se dio cuenta de lo irracional de sus pensamientos, quiso sosegarlos con la certeza de sus recuerdos. Así, pensó que aquel día el despertador había agotado su cuerda, que había apartado las mantas de un tirón y se había quedado boca arriba, mirando al techo y tiritando de frío, que se había lavado la cara resoplando, que había desayunado leche caliente y galletas, que había chocado en la calle con gente que corría, que había cruzado uno, dos, tres semáforos, leído las grandes pintadas de la fachada, atravesado el umbral y caminado por los corredores, como todos los días. No podía ser el sueño de una siesta pesada. Había soñado antes con espacios cerrados, pero aquellos eran largos y de paredes pulidas, la luz procedía de tubos de neón y por todas partes corría gente dando gritos.
            Se sentó en el suelo con la espalda contra el muro. Al cabo de un rato, distinguió, justo enfrente, una puerta estrecha y baja que hasta entonces le había pasado inadvertida o, simplemente, que no estaba. Se levantó y poco a poco, como con miedo, fue empujándola. Por el entreabierto pudo distinguir unas figuras humanas que se movían lentamente y otras de espaldas, sentadas y quietas. Todo le resultaba familiar: las sillas eran las de su aula, las paredes tenían las mismas pintadas, el suelo estaba cubierto por la misma porquería, aquellas nucas inmóviles eran las de sus compañeros, la figura en movimiento era su profesor. No cabía duda, no se había perdido.  Instantáneamente recordó todo su peregrinar anterior, supo cómo llegar y cómo salir, qué escondían las esquinas tras de sí y dónde conducían los corredores. "Debo ser conocedor de una misteriosa verdad que se me escapa", pensó como una última convicción, dándose cuenta de que la verdad a que se refería le robaba la conciencia. Luego, ya vencido, sintió que debía entrar y entró. La voz ronca y monstruosa del profesor le pidió que cerrase la puerta. Así lo hizo. Y al ponerse a andar hacia sus compañeros encontró en el aire la pesada resistencia de un líquido.
            A nadie inmutó su presencia. Se sentó al final y fue reconociendo uno a uno a sus compañeros, que seguían muy atentamente lo que al parecer eran las explicaciones del profesor. Éste hablaba emitiendo sonidos huecos e incomprensibles y soltando por la boca formas diversas que subían balanceándose despacio hasta el techo, donde chocaban con otras en una permanente y pausada inquietud. Mientras hablaba, el profesor intentaba coger a puñados las motas de polvo en suspensión encajonadas en un chorro de sol que caía a plomo sobre el estrado desde una pequeña claraboya. De vez en cuando, se paraba y dibujaba en la pizarra signos extraños, como si estuviera escribiendo.
            Al poco tiempo se fue el profesor y vino otro que repitió los gestos en el aire, soltó por la boca formas parecidas y escribió en la pizarra con los mismos signos. Después, se fue éste y vino otro. Y luego otro. Y otro. Cuando se fue el quinto, se hizo de noche y ellos aprovecharon para cerrar los ojos y dormirse en sus sillas en la misma posición en que estaban.
            Se despertaron con las voces graves y huecas de uno de los profesores del día anterior, que intentaba coger a puñados motas de polvo en suspensión. Durante aquel día se dio la misma asignatura, y cuando llegó la noche volvieron a dormirse en sus sillas.
            Aquellos días iguales se repitieron muchas veces. Hasta que una vez alguien dejó abiertas puertas y ventanas y las formas que chocaban contra el techo se perdieron en el cielo arrastradas por una suave corriente de aire. Durante muchos días no fueron los profesores y ellos permanecieron quietos y mudos disfrutando de una vaga felicidad. Luego se presentaron otros profesores que durante un período igual intentaron coger el polvo en suspensión. Al cabo, se fueron estos y vinieron otros. Así, cinco veces.
            Al terminar el quinto período, un anciano les dio un papel y en perfecto orden salieron del aula. En los corredores cantaron un himno con la alegría de un estado desconocido. En una masa compacta arrancaron la cristalera del patio, cruzaron el umbral de la puerta, leyeron de refilón las pintadas de la fachada y se perdieron en las calles llorando de felicidad, pues ya tenían la licencia para coger motas de polvo en suspensión.