–¿Por qué me observabais? –nos preguntó la vieja mirando al bulto donde nos encontrábamos–. ¿No os gusta mi cara? Sabed que antes de ser vieja y fea fui joven y hermosa, y que hasta no hace tanto era considerada la puta más solicitada y mejor pagada de Truma –y soltó unas carcajadas que dejaron ver su dentadura desmembrada y negra–. Y ahora, aquí donde me veis, soy la mujer más poderosa y más rica de Rendajo y sus contornos.

Pude haberle dicho que no nos importaba su riqueza ni que hubiera sido hermosa, pero le dije:

–No nos importa tu fealdad ni que fueras puta. Si eres rica, seguramente querrás ser más rica a toda costa. Ese afán es el que nos interesa.

La vieja se pasó la mano por la barbilla, en la que tenía cuatro o cinco pelos blancos y muy largos.

–Quiero ser más rica, sí. Si no tuviera ese aliciente, ya me habría tirado a ese pozo. No hay demasiadas ilusiones factibles por estos andurriales.

 

 

Al amanecer sentimos un gran ruido y un griterío enorme y al incorporarnos vimos derrumbarse el castillo que teníamos justo enfrente. La vieja, que había convertido el sombrajo en un chamizo dejando caer del techo unos sacos entrelazados, descorrió de un manotazo uno de los cortinones y quedó a la vista de todos sentada sobre un perico y con los refajos subidos.

–Estos son más torpes que los anteriores: no han llegado tan arriba –dijo a carcajadas y de manera que pudiéramos oírlo, como si fuera una gracia.