El bedel

Las escasas personas que entraban ahora eran como el bedel de la puerta, funcionarios encasillados que descubrían encanto en el cumplimiento de su obligación porque continuaban considerándose útiles a pesar de la nimiedad de su tarea y administrados como yo, más dados a la curiosidad que a la necesidad, ciudadanos turbados por el sonido de sus pasos y por la soledad de los vastos pasillos, ya no temerosos, sino sobrecogidos, como si en lugar de visitar el hogar de un monstruo examinaran su mausoleo.

 

Era, pensé, uno de esos hombres que suelen pasar por buenos porque son extremadamente rectos, se significan en el cumplimiento de su obligación y siempre dan la razón al otro. Uno de esos hombres que se plantean problemas de conciencia ante una infracción menor y no saben qué hacer después de jubilarse o cuando se muere su mujer.

 

El bedel, como hacen algunos narradores con los sucesos previsibles, no quería decirme lo que iba a enseñarme para picarme la curiosidad y convertir en asombroso lo que por las trazas del personaje se barruntaba como insignificante. La minuciosa voluntad del tiempo, la inmensidad de los desiertos corredores, el sosiego roto por nuestros pasos, la sima del hueco de la escalera, la solidez de las piedras y sus voces y aquella breve apelación a unos gritos oídos desde la puerta debían de haber provocado en mí una mínima intriga por la solución del bedel, pero solo me impacientaba su demora. Mientras tanto, aguantaba como podía la monserga de aquel ser tan insípido a sabiendas de que era una circunstancia más del ambiente, como en otros ámbitos lo son el frío y la lluvia.