Novelas, cuentos, distopía

 

Sentado en mi oficina, imagine que librábamos una partida sin reglas sobre el atractivo y perturbador tablero que era la colosal y decadente ciudad de Sholombra, con fichas que eran sus habitantes pero, especialmente, nuestra familia, nuestros amigos y nuestros conocidos, que podían utilizarse para provocar dolor o gusto mientras fueran útiles y que podían destruirse cuando estorbaran o cuando su desaparición resultara ventajosa: una partida cuyo único final admitido debía de ser la eliminación física del adversario.