Novelas, cuentos, distopía

 

No podía matarlo con las manos. Él era viejo y yo joven, en él habitaba el miedo y en mí no, él tenía vocación de víctima y yo de verdugo, él iba a morir y yo iba a matarlo, pues así es como estaban escritas las líneas que suceden a estas, pero necesitaba un utensilio con el que abrirle la cabeza. Ante sus ojos despavoridos, con su garganta enmudecida por el espanto, busqué un objeto duro y manejable. Durante unos segundos, no se oyó más que el agua cayendo sobre los espejos de aquella caterva de barreños distintos y un lamento contenido que era a la vez preludio y acicate, que anunciaba la muerte y la llamaba.