Novelas, cuentos, distopía

 

        Mientras hablaba, lo podía empujar por encima del pretil, me dije, y me puse en el lado opuesto al río, agazapado en mi decisión, al acecho de una incertidumbre de él que me favoreciese. Pero el pretil era muy alto y ya he dicho que éramos de complexiones parecidas. Yo necesitaba un abismo abierto para matarlo. O, viéndolo desde otro parecer, lo necesitaba él para morir. Lo encontré –lo encontramos– en una de las escaleras que bajaban del paseo al muelle. Todas tenían, al menos en el tramo más alto, las barandas de hierro de cuando se construyeron, pero el óxido las había envejecido y doblegado y la dejadez de la Administración las había dejado así, facilitando con ello la posibilidad cierta de que en cualquier momento ocurriera un accidente. ¿Quién podía imaginar cuando nos levantamos aquel día que él y yo estaríamos al borde de un precipicio donde la Administración había hecho dejación de sus responsabilidades? Él, la Administración sin querer y yo queriendo éramos los actores, y el escenario era aquella escalera de piedra con la baranda rota. La obra estaba por consumarse, pero el final ya era previsible.

        “Es curioso. Asómate”, le pedí, y bajé tres o cuatro peldaños pegado al lado del muro de contención. Por un instante, rastreé los sentimientos que nos rodeaban y no encontré más que los suyos y un runrún lejano. Nadie estaba cerca, y si por casualidad alguien nos estaba mirando desde el balcón de algún remoto edificio, no descifraría lo que había pasado o no distinguiría nuestro rostro. Él siguió hablando de las maderas y de la crisis y de lo mal que estaba todo mientras bajaba. “Ven, mira”, y señalé a nada con el brazo extendido. “¿Qué? ¿Dónde?”, contestó, dejando por fin el fastidioso asunto de las maderas. “Abajo, junto al agua”, y estúpidamente nos acercamos al borde del precipicio para estar más próximos al lugar que yo señalaba. “Abajo, en el fondo, ¿lo ves ahora, cabrón?”, le concreté cuando le di un empujón y lo tiré al muelle. Dio un grito corto y luego todo quedó en silencio.

        Pero no murió. Para mi desgracia y para la suya, su corazón siguió emanando emociones.