Novelas, cuentos, distopía

 

        Sholombra no tenía edificios hermosos y la Arquitectura estaba empezando a considerarse un arte, aunque la única iniciativa corría a cargo de la inercia insensata del Estado, pero desde los balcones se veían sobresalir sobre los lejanísimos tejados de enfrente las cerchas metálicas y la cubierta transparente de la estación Central de ferrocarril, mientras que a la izquierda se divisaba una plaza desolada y gigantesca que servía de rotonda y a la derecha la perspectiva en fuga de la avenida, dos líneas paralelas de edificios iguales que seguían hasta un infinito roto varios kilómetros más abajo por la silueta de uno de los puentes colgantes más antiguos del Novorm.

 

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        La noche había caído a plomo sobre la urbe. La neblina gris se comía la luz de las lámparas y de los fuegos, pero podían verse las llamas en las orillas y en los puentes o reflejadas sobre las aguas del río, y, más difusamente, el resplandor que fuegos lejanos dejaban sobre las paredes de los edificios o sobre algunas nubes bajas de humo blanco.