Novelas, cuentos, distopía

Esta ciudad es triste porque el Novorm tiene unas aguas corrompidas, porque casi todos los edificios son iguales y porque los niños no juegan en los parques, pero lo es, sobre todo, porque no hay cantantes ni poetas. La Filosofía antigua creía que lo único provechoso era lo que servía para comer y reproducirse. En aplicación de esa teoría, exterminaron a los linces y llenaron el planeta de gallinas y de vacas; donde había bosques, levantaron fábricas y ciudades, y prohibieron la imaginación, el artificio y los sueños, que, según se decía, desconectan al hombre de la realidad, acaban en frustración y abocan a la desgracia. Un cantante no se podía comparar con un obrero, porque el cantante no producía nada y el obrero sí; un verso era algo vacuo y la línea de un boletín oficial un componente imprescindible. Como el mantenimiento de lo inútil detraía recursos de lo necesario, se entendió que debía vedarse, de la misma manera que inhibieron las ilusiones. Todo lo que no tuviera un manifiesto fin práctico era perseguido. Con lo bonito no se come, se decía. Por supuesto, subsistía por lo bajo esa tendencia natural de todo hombre y toda mujer hacía la satisfacción por lo hermoso, pero era una predisposición socialmente reprimida y las instituciones únicamente tenían en cuenta la funcionalidad a la hora de redactar sus proyectos. Y cuando digo funcionalidad, no incluyo a la belleza.