Novelas, cuentos, distopía

        Cubría su sexo con unas braguitas tanga semitransparentes que yo veía por detrás y por delante gracias a la generosa acción duplicadora del espejo: por detrás, un cordón emergía exhausto de entre las nalgas dando testimonio de felicidad y esperanza. Por delante, un triangulito blanco aplastaba dulcemente contra su pubis un pequeño rodal de vello que a mis ojos se sugería difuminado y radiante, y que, como si de un vaporoso filtro de visillos y de encajes se tratase, prometía las delicias de un aposento delicado, luminoso y hospitalario. Por detrás, rodeando al cordón estaba su culo, al que se aproximaban mis capacidades con la misma fascinación que los primeros astrónomos se enfrentaban a los inescrutables secretos de una noche estrellada.

        – ¿Sigo? –me preguntó, como una pieza más del artificio.

        No sé si pude contestarle, solo que no me negué, porque se cogió el borde de la camiseta con las manos cruzadas y tiró de ella hacia arriba, llevándose por el camino a su etérea y ondulada melena, que cayó después como una cascada perezosa sobre sus hombros rectos y su espalda, surcada aún por las tiras de su sujetador. Mientras ella se ajustaba el pelo con los dedos abiertos, yo murmuré algo que no recuerdo y me pasé la mano por la frente. 

        Nohire y lo que me estaba ocurriendo y todo lo demás parecía irreal. No existía el tiempo ni mi cuerpo y el universo se reducía a mis sensaciones, a Nohire y al espejo.

        Fue ella la que me sacó de aquel celestial embeleso.

        – ¿Me ayudas? –me preguntó.

        Se había echado la melena sobre un hombro y dejado a la vista el corchete del sujetador, cuya manipulación me ofrecía ya como parte de ella misma, para darle tacto a mis sueños. Me adelanté y con mano diestra liberé su espalda de la mansa opresión de la tira que la surcaba.

        – ¿Sigues tú? –me preguntó y me pidió.

        Como me estaba exhortando a que siguiera y a que empezara, aparté hacia su brazo izquierdo la tira que le cruzaba el hombro por ese lado y puesto de puntillas la besé delicadamente donde antes estaba la tela. Nohire me respondió con un ronroneo. Luego lo hice por el otro lado y me quedé detrás de ella, sintiendo en mi cara la caricia de su pelo y mirando al espejo: cuando me vio contemplándola, abrió los brazos y dejó caer al suelo el sujetador. La impresión me dejó aturdido.

        – ¿Soy hermosa?

        – Sí.

        – ¿Te gusto?

        – Sí.

        No podía hacer comentarios ni comparaciones, por soberbios que fueran, sin estropear la forma exacta de la verdad: era que sí y ese sí era de una certeza categórica y lo abarcaba todo.