Novelas, cuentos, distopía

        Ella rezongó, me cogió la cabeza y devolvió a sus labios mis labios, ausentes de los suyos el tiempo justo para hablarle. Yo me retuve apenas un instante. Luego, sentí que me cogía el culo y que lo empujaba hacia sí para refregarse el pubis contra mi impaciente miembro y ya no pensé más en el lugar donde estábamos ni en lo que íbamos a hacer. A partir de entonces me dejé. Para empezar, me despegué de sus labios e hinqué los dientes en su cuello mientras sentía en mi oreja el ruido de su respiración agitada, el calor de su aliento, y, después, le abrí la camisa de un tirón que hizo saltar todos los botones por los aires y le comí el hombro, donde aprecié el sabor de la sangre, y el hueco del esternón, donde le sorbí unas gotitas de sudor. Mordía o lamía o besaba con la intemperancia del muerto de hambre, sin cubiertos, sin las manos, metiendo la cabeza en el plato y llenándome la cara de la comida que engullía. Cuando mis labios tropezaron con el sujetador, le levanté las copas y me aparté un instante para verle los pechos, ni muy grandes ni muy pequeños, para ver cómo se estremecían al contacto con mis manos, cómo subían y bajaban, cómo se dejaban moldear y cómo a continuación, en cumplimiento de una ley más cercana a la magia que a la Física, se recomponían y volvían a su forma original. Mientras yo la veía, ella se echó las manos atrás y se desabrochó el sujetador, que dejó caer adrede por encima de la baranda, en la calle, en un gesto que envolvió de una mirada tan lasciva que fue como si me hubiera dicho: estoy en la mesa, tierna y caliente, a qué esperas, cómeme. Como ningún hombre con la voluntad en su sitio hubiera rehuido aquella invitación, y yo, a efectos de voluntad, era un hombre corriente, la obedecí: le cogí la cintura y la estreché contra mí con la inmediata intención de devorarla. Pero en cuanto nuestros labios volvieron a juntarse, noté que ella tenía más hambre que yo y que su hambre era de una violencia desesperada. Era la comida la que me comía a mí, por más que fuera yo el que metiera la cabeza en el plato, y no al revés. Me comía la lengua, la nariz, la barbilla, las orejas, los ojos, la cara, en tanto me llevaba de un lado a otro la cabeza con las manos o metía los dedos entre mis cabellos o me hincaba las uñas en los hombros o en la espalda. Y el hambre de ella provocaba más avidez en mí, de manera que el encuentro prometía ser un devastador banquete que acabaría con el uno devorado por el otro.