Novelas, cuentos, distopía

        De su revolución me interesaba la atracción de lo prohibido y la ropa interior de sus adeptas. Me interesaban las revolucionarias, y, de ellas, ella, y, de ella, no todo. Me interesaba su cabello, inesperadamente vivo y travieso; me interesaba la mancha oscura de su pubis casi totalmente depilado, un triángulo mínimo bajo el mínimo triángulo transparente de la braguita tanga y, como liberación, no me interesaba otra que la de sus tetas de la dulce opresión del sujetador negro con encajitos. Por eso cuando al fin vi libres los anhelantes pechos de aquella revolucionaria, cuando la contemplé con el cabello largo y suelto y ya solo vestida con un tanga transparente, no me adherí a ninguna alegría, sino que sentí la alegría propia que da el placer en vísperas de consumarse, tan íntima y personal como íntimo y personal es el dolor, y, como el dolor, tan incomprensible para otros. “Estas tetas han amamantado a dos criaturas”, me desveló. Entonces creí que se enorgullecía de su carácter instrumental, hoy sé que lo hacía de su firmeza. Tenía motivos, y eso que no eran pequeñas. En aquel momento me parecieron la forma más tentadora que pudiera diseñar el Creador: dos elevaciones simétricas cuya función de proporcionar belleza no era inferior a la de dar leche, el sustento del alma unido al sustento del cuerpo, porque al hombre le son necesarios esos órganos para existir como animal, pero también le son imprescindibles para dinamizar su espíritu. “¿Te gustan?”, me preguntó. “Sí” (la voz apenas me salía del cuerpo). “Son tuyas. Puedes hacer con ellas lo que quieras”. Se acercó y se inclinó hacia mí, y yo las vi bambolearse un poco en una coreografía perfecta que las deformaba y las formaba, que se las llevaba y las devolvía intactas, blandas y duras a la vez, un misterio que empujaba a probar su textura con la punta de la nariz tanto como con las yemas de los dedos. “Anda, tócalas”, debió advertirme, porque yo había levantado la mano derecha y, temblorosos, sus cinco dedos rodeaban a una de ellas con el mismo recato reverencial que si fueran a llamar a las puertas del cielo. Las toqué, pero guiado por la mano que ella tendió en mi auxilio. Tras girarse hacia un lado, con mi mano se acarició la parte inferior de un pecho, tan suavemente que noté más la electricidad de su piel que la firmeza de su carne, mientras o ella o yo o ambos emitíamos un quejido muy leve que quizá ni se oyera. Luego, yendo de abajo hacia arriba, hizo pasar los dedos por el pezón, erecto y, sin embargo, dúctil, un obstáculo delicioso cuya consistencia me atreví a probar hundiendo en él el dedo índice. El tropiezo del primer dedo y la mullida resistencia que encontró el empuje del segundo son sensaciones que me persiguieron durante años cuando cerraba los ojos para dormirme y cuando, todavía con los ojos cerrados, recuperaba la conciencia tras el sueño. Por supuesto, no son las únicas que me asaltan de aquel emocionante encuentro, que recuerdo a retazos, pero cuya secuencia soy capaz de ordenar sin esfuerzo alguno, a pesar del tiempo transcurrido. Así, tras acariciarse con mi mano, volvió a ponerse enfrente de mí, mis ojos casi a la altura de su ombligo, al que se dirigía mi mirada con la mágica fijación que se orientan las aguas hacia el ojo de un torbellino. “Nereo”, me llamó. “¿Qué?” “Nereo”. No pretendía decirme nada, sino que levantara la cabeza. Lo hice y vi sus dos pechos colgando amenazadores sobre mí, como dos gotas de néctar que tras desplomarse del firmamento hubieran encontrado una pared a la que aferrarse y estuvieran desafiando con éxito la Ley de la Gravedad. “Nereo, Nereo...”, dijo riñéndome, una reprensión cariñosa que parecía querer corregir una falta mía que la halagaba. “Anda, ven, Nereo”. Me cogió la cabeza con ambas manos y, tras hacer que me incorporara un poco sobre el filo del sillón, hundió mi nariz en el canal que separaba sus dos tetas, a las que debió empujar hacia mi cara con los brazos, pues sentí una presión tan intensa como si me hubiera atrapado entre sus muslos. Casi me asfixiaba cuando me soltó y se echó un par de pasos atrás. Sonreía, entonces, y me miraba fijamente. Sonreía cuando se metió los dedos bajo la cinta de las braguitas y empezó a deslizarlos hacia abajo. Sonreía cuando se detuvo y ladeo un poco la cabeza y con dulce malicia sugirió “no, mejor tú”. Sonreía cuando se aproximó y me pidió que la ayudara a quitárselas: “Por favor, no puedo sola. Anda, ayúdame”. Sonreía mientras se las deslizaba hacia abajo, y mientras levantaba un pie y luego otro para librarse por fin de ellas. Y sonreía cuando se quedó enfrente de mí, ya desnuda por completo, y yo creí que era un gran pastel que me podía comer con los ojos y con las manos, a besos y a mordiscos, un dulce de carne tibia que podía devorar hundiéndome en él y dejándome llevar por su amable sabiduría y por la intuición de mi sangre incendiada.