Novelas, cuentos, distopía

 
Sueños de fortuna.pdf (97,5 kB)
Sueños de fortuna según me lo contaron.pdf (28,6 kB)

 

Sueños de fortuna

© Juan Bosco Castilla

 

            Hubo una vez en Pedroche un hombre que entre la herencia de una tía soltera, la dote de su mujer y el producto de su trabajo había conseguido reunir una huerta en la ribera del arroyo Santamaría, una suerte de garbanzos en el camino de Dos Torres y cien olivos en el paraje que allí conocen como La Motilla. Eran estas fincas, sin embargo, pequeñas, trabajosas y desagradecidas, hasta el punto de que el pozo de la huerta solía secarse a últimos del verano, la suerte no daba más de un costal de garbanzos los años medio buenos y los olivos, que de puro raquíticos y faltos de fronda parecían escuálidos sarmientos, apenas proporcionaban a la familia aceite suficiente para el gasto.
          Cuando este hombre se vio próximo a cumplir los cincuenta años, hizo balance de sus bienes y, confundiendo sus propiedades actuales con el resultado de su vida, creyó que todas las fatigas pasadas para sacar de la miseria a su familia no habían valido la pena. «Todo es pura filfa», dijo un día de pronto delante de su mujer y de las dos hijas que le quedaban solteras, mientras con una parsimonia inusual rebanaba un pedazo de pan. Su mujer, que llevaba unos días viéndolo taciturno, supo que aquella expresión repentina era una roncha más de ese sentimiento de fracaso que precede a la vejez y no le dio mayor importancia. Él, que no se conocía tan bien como lo conocía ella, anduvo durante un tiempo alimentando extrañas ideas sobre hacerse corredor de ganado, poner una tienda con la que sofocar necesidades imperiosas de sus vecinos, aprender un oficio raro y hasta sobre emigrar a más allá de las cercanas lindes que, como montes o ríos remotos, la ignorancia fijaba en su imaginación.
          A tanto llegó el afán, y tanto chocó el afán con la pétrea realidad de las cosas, que pronto hubo de obviar la realidad para seguir adelante con sus pretensiones de éxito. Así, pensó que una hija suya se casaba con un duque, que un brujo, agradecido por un favor desinteresado, le concedía tres deseos incalculables y, entre otras ideas inverosímiles, que los olivos crecían de un día para otro, que de la suerte nacían garbanzos del tamaño de calabazas o que del pozo de la huerta manaba el agua a gruesos borbotones. El afán acumulado durante días tornó autónomos los pensamientos, que acabaron atravesando sin permiso los límites de la vigilia y se instalaron en el sueño, donde hallaron espacio suficiente para crecer sin medida, retorcerse y mezclarse.
           Durante un mes larguísimo se despertó sobresaltado por la asombrosa realidad de los sueños que había tejido despierto. Se despertaba tanto, que no dormía más que a ratos, de manera que el poco dormir lo impulsaba a dormir y el dormir lo despertaba enseguida, en un círculo vicioso que lo tenía sumido en una permanente modorra. Una noche, por fin, consiguió dormir muchas horas de un tirón. A la mañana siguiente no recordaba ningún sueño, pero tenía grabada en la memoria una frase con trazas de cantinela, como si la hubiera repetido hasta el cansancio mientras dormía: Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna. Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna. Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna...
          Él no le dio importancia. Desvelado y lúcido por fin, dedicó aquella jornada a felicitarse por volver a ser como antes, un trabajador con mala suerte que a pesar de todo puede dormir a pierna suelta. También aquella noche durmió de seguido, pero a la mañana siguiente se despertó con la misma cantinela en los labios: Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna. Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna. Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna...
          La repetición de lo que creía el poso de un sueño lo dejó más perplejo que preocupado. «Son los últimos coletazos de esa tonta ambición que estuvo a punto de llevarme a la locura», se dijo, y en los duros avatares de aquel día fue diluyendo la perplejidad hasta perderla por completo. Se acostó sin acordarse de la frase, rendido por el cansancio, y se durmió pensando en el hermoso rostro de la hija de una vecina. Cuando, harto de dormir, se despertó bien avanzada la mañana, tenía el pensamiento anegado por légamos grises y sus labios, como con la voluntad de otro, repetían sin cesar: Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna. Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna. Si vas a Porcuna, encontrarás la fortuna...
          – Prepárame una fiambrera y una muda, que me voy a Porcuna –le dijo a su mujer nada más levantarse.
          La mujer lo siguió hasta la cuadra, donde lo vio preparar los aparejos del único mulo que tenían, intrigada tanto o más por la enérgica resolución de alucinado con que se movía su marido que por lo extravagante de su decisión.
          – ¿Y se puede saber a qué vas a Porcuna?
          – Todavía no lo sé. He soñado tres noches seguidas que si voy a Porcuna encontraré la fortuna y de siempre se ha dicho que los sueños que se repiten tres veces acaban por cumplirse.
          La mujer creyó que se le derrumbaba el ánimo, incapaz de soportar una nueva racha de desgracias.  
          – ¡Por el amor de Dios, deja de desvariar y vuelve a ser como antes! –le dijo.
El hombre fue hacia ella.
         – Ya sé que es una locura –le contestó–, pero no puedo dejar de ir. Si no voy, soñaré una cuarta vez, y una quinta, y así hasta que de verdad me vuelva loco. Nada perdemos intentándolo. Hagamos lo que me pide el sueño, aunque solo sea para sofocarlo, como se da la razón a los tontos.
         La mujer, más tranquila, apeló al pragmatismo en un último intento de convencerlo.
         – ¿Y qué vas a hacer allí? Vas a ir a Porcuna, ¿y luego qué?
El hombre dudó: quizá para el debido cumplimiento de la promesa no bastase con ir a Porcuna, sino que debiera de poner algo de su parte: no en vano, es sabido que la suerte se alía con quienes hacen lo posible por merecerla.
        – ¡Ya está! –dijo entonces–: venderé el aceite.
En la cámara de su casa, rodeado de unos cuantos melones que en redes de guita colgaban de las tirantas, de una ristra de ajos, unas cuantas cebollas y unas pocas patatas, había un depósito de cinco arrobas que contenía todo el aceite que daban sus olivos, lleno en las tres cuartas partes de su capacidad. El aceite era lo más valioso que guardaba en la casa y el alimento principal de su familia.
        – ¿Y cómo freiremos? ¿Y con qué untaremos el pan? –le preguntó la mujer, abandonada ya a un futuro de desastres.
        – No te preocupes. Porcuna está muy lejos. Seguramente nadie ha caído en llevar aceite hasta allí: lo venderé muy por encima de su precio y ganaremos lo bastante como para comprar la misma cantidad de aceite y otras muchas cosas.
        Contra una voluntad tan cerril todo intento de convicción acaba en gresca. Cuando ella supo que su marido se iría por muchas trabas y razones que encontrara frente a sí, no solo se allanó, sino que se dispuso a preparar lo necesario para que el viaje le fuera lo menos incómodo posible.
         – No te preocupes si no sale como esperas –le dijo la mujer antes de darle un beso de despedida en la puerta de la casa.
          A nadie, ni siquiera a sus hijas, le dijeron a dónde iba. Salió de Pedroche andando, y, por no cargar a la mula con el peso de las cántaras de aceite y con el suyo, andando hizo la mayor parte de la jornada, que terminó con la anochecida más allá de Villanueva de Córdoba, en el primer cruce del río Matapuercas, a cuya vera acampó. La segunda jornada, que lo llevó a las puertas de Adamuz, la hizo dándole vueltas a su particular cuento de la lechera: con el producto de la venta del aceite compraba una cantidad mayor de aceite que volvía a vender en Porcuna, lo que le servía para comprar más aceite que ya no llevaba él sino unos empleados suyos que pronto no iban solo a Porcuna, sino a otras localidades limítrofes, en la primera expansión de un comercio que acababa extendiéndose por los inciertos territorios de su imaginación.
          Al atardecer del tercer día llegó a Porcuna. Más porque amenazaba lluvia que por el cansancio,  pues aunque estaba hecho polvo no quería gastar el poco dinero que tenía, se alojó en la posada del pueblo, un edificio de hechuras corrientes y grandes cuadras en cuya sala central, que no debió compartir con nadie (lo que lo confirmó en el escaso comercio que en aquel pueblo había), tendió sobre el suelo una manta (rehusó un saco de paja, porque había oído hablar a muchos arrieros de la voracidad de los chinches de las posadas) y con el aparejo como almohada se acostó.
         Se despertó antes del alba, acaso por el ruido de un par de gallos que desde el cercano corral enfrentaban su canto con el canto lejano de sus competidores y, como había ocurrido en los despertares del viaje, sin sueño alguno que empañara su limpia determinación. Mientras se tomó un café y arreó la mula, se hizo de día. No hacía sol, pero no llovía ni hacía viento ni frío cuando tirando del cabestro de la mula salió a la calle.
          – Aceite, ¿quién quiere aceite, buen aceite? –voceó enseguida, acompañado su grito por el rítmico crepitar de las herraduras de la bestia sobre el empedrado.
          Algunas mujeres se asomaron a la puerta, pero se quedaron mirándolo, quizá interrogándose por su identidad, y no le compraron. En los labios de un hombre que se cruzó con él tirando de dos mulas creyó adivinar una sonrisa demasiado asimétrica para ser hospitalaria. Los parroquianos de una taberna salieron con la copa de aguardiente en la mano para verlo pasar.
         – Aceite, ¿quién quiere aceite, buen aceite de Pedroche? –seguía voceando.
         Todos se asomaban a verlo, pero nadie lo paraba, ni siquiera para preguntarle el precio de la mercancía.
         «Esto es buena señal –se dijo para darse ánimos–: nadie compra aceite porque nadie sabe lo que es ni para qué sirve. En cuanto lo conozcan, me lo quitarán de la manos».
         – Aceite, ¿quién quiere aceite, el mejor aceite para freír, para untar el pan, para aliñar las ensaladas, para hacer dulces...?
          No podía ser que los vecinos de aquel pueblo creyeran caro el producto porque en ningún caso había declarado el precio. «Tendré que venderlo más barato. Si lo compran lo probarán y verán lo bueno que es, y la próxima vez podré venderlo más caro», se dijo.
          – Aceite, aceite barato, el mejor aceite al mejor precio –voceó.
          Nada. Todo el mundo se asomaba a verlo pasar, pero nadie lo paraba ni le hablaba. «No me conocen. Nadie ha venido a vender aceite a este pueblo. Desconfían de un forastero. Debo ganármelos poco a poco, quizá hablando con ellos, quizá uno a uno», se dijo, recordando a aquellos hombres de La Alcudia que ataviados con chambras negras iban a su pueblo a vender queso casa por casa. En una panadería, rodeado por una caterva de curiosos, compró un pan, del que sacó una rebanada que untó con un buen chorreón de aceite.
         – Señora, pruebe usted este aceite, verá que no la engaño si le digo que no ha comido usted manjar más exquisito. Y lo tengo barato, señora, a un precio que aun sin entender de aceite cualquiera diría que es una ganga.
           Era inútil. Seguido por una caterva de pillastres que iban haciendo algazaras y burlas como si fueran tras el carro de unos saltimbanquis, enfiló, en silencio, la calle por la que se cogía el camino de regreso. Ya casi en las afueras, un hombre medio de su misma edad que lo había visto antes por otras calles del pueblo, se compadeció cuando pasó frente a él ensimismado y alicaído, en lo que era la viva imagen de la derrota.
           – ¡A buen sitio ha ido usted a poner la era! ¿Cómo se le ocurre venir desde tan lejos a vender aceite, con la cantidad de olivos que hay aquí? –le dijo.
           El pedrocheño se detuvo: era la primera vez que alguien le dirigía la palabra desde que salió de la posada. Estaba agradecido, y el agradecimiento y el fracaso son proclives a la confidencia.
            – Por culpa de un sueño –contestó él–. He soñado tres veces que si venía a Porcuna encontraría la fortuna. Dicen que si se sueña lo mismo tres veces seguidas el sueño se cumple. Para poner algo de mi parte, quise vender lo único que tenía, este poco aceite. Ahora me doy cuenta de que he sido la rechifla de todo el pueblo. Me está bien empleado, por aspirar a lo imposible.
          – Es que no se puede uno fiar de los sueños, ni siquiera aunque se repitan tres veces. Ya ve usted, yo también he soñado no tres sino muchas más veces que encontraba en Pedroche una gallina de oro con doce pollos de oro. Pero he hecho como discreto y nunca le he prestado atención.
          El asombro pasmó al pedrocheño.
          – Parece que estoy viendo la casa donde estaba el tesoro, escondido debajo de la pila que había en el patio –continuó aquel hombre–. Soñaba hasta con la calle y el número de la casa.
         – ¿Todavía los recuerda?
         «Sí, que lo recuerdo», dijo el hombre, y sin ningún tapujo lo declaró de viva voz. El pedrocheño se despidió enseguida, y por el tramo de calle que le quedaba debió sujetarse para no delatar una impaciencia que lo comprometería. Cuando estuvo fuera del pueblo, sin embargo, avivó el paso todo lo que pudo. Los tres días que duró el camino hasta Pedroche intentó en vano convencerse de que era una nueva trampa que le tendía el destino por su ambición, de que un nuevo desengaño es la recompensa de quien no escarmienta con un desengaño anterior.
          Nada más entrar en Pedroche, dejó la mula al albur de su instinto y, aunque estaba dolorido del viaje, echó a correr, desatendiendo las llamadas de sus asombrados vecinos: la calle que le había revelado el hombre de Porcuna era la suya, el número coincidía con el de su casa.
          – Ven conmigo –le dijo a su mujer, que aprovechaba la última luz de la tarde para ponerle unas culeras a unos pantalones.
          El tono fue tan imperioso que ella no pudo resistirse. Lo siguió con su labor en la mano y, callada, lo vio sacar de la oscuridad de la cuadra un pico y asestar en la base de la granítica pila golpes ansiosos que hacían saltar la mampostería.
          – Retírate un poco, a ver si te va a dar en los ojos –dijo el hombre en un arrebato de cordura.
          – ¿Se puede saber qué haces? –le preguntó su mujer.
          – Pronto lo veremos –respondió él.
          Y así fue, pues enseguida se abrió un hondo agujero que el hombre fue extendiendo a golpes más débiles y precisos para no dañar el pequeño baúl que apareció oculto en su interior. En cuanto cupo, lo sacó, no sin trabajo. Su gran peso dio fiel idea de su contenido, de manera que no se sorprendió cuando tras hacer saltar la herrumbrosa cerradura pudo ver lo que guardaba: una gallina de oro con doce pollos de oro.
         – ¿Te das cuenta, mujer?: mi sueño se ha cumplido. En Porcuna he hallado la fortuna –dijo entonces.
         La mujer, que desconocía las peripecias del viaje, vio de pronto una idea que la dejó atónita.
         – ¿No te alegras? –insistió él.
         Ella sacudió la cabeza y contestó:
       – Claro que sí. Es que pensaba en lo lejos que debemos ir a veces para descubrir lo que tenemos tan cerca.